martes, 1 de octubre de 2013

Esta casa


Esta casa, no es la mía, pero sabe mucho a hogar
y por eso me gusta, porque tiene las puertas abiertas,
aún para un desconocido que llegaba de bajar una montaña.

Me gustan sus habitaciones amplias, que he empezado a llenar
de hermosos recuerdos, de cálidas conversaciones,
de poemas que no son míos.

Me gusta, esta casa que no es mía,
pero que me ofrece siempre vino y agua, una mesa generosa,
muchos libros, deseos y alguna esperanza.

Me gustan, sus frías terrazas, sus delirantes jardines,
sus paredes levantadas por manos hermosas y delicadas
que también dibujan sonrisas en mi cuerpo,
cuando tendidas junto a las mías esperan otra mañana.

Por eso me gusta recorrer sus rincones.

En esta casa donde finaliza setiembre y no hay ceniza,
solo aquellas ganas locas de reír y de besarse.

domingo, 18 de agosto de 2013

Diez anotaciones que llegan tarde a mediados de año

1. Justo cuando esta por cambiar de tema “Mayo todopoderoso” a “Agosto Inmortal” pasaron un par de transgresiones justo a mediados de mes. El slogan iba para “Agosto Inmoral” pero como no acabó el mes, quedó descartado. No hay meses ni adjetivos.

2. Creo que tengo una grave adicción a las francófonas. En ciertas dosis son capaces de desplazar: la nicotina, la fobia al compromiso, la aversión a los niños y la soledad.

3. La ausencia repentina, sin embargo, me provocan largas crisis de ansiedad social.

4. Creo que es un hecho: el bloqueo de escritor se transformó en carebarrismo puro.

5. “Billetera mata galán” es una frase cuya construcción políticamente incorrecta oculta una verdad superior: ser pobre y feo es de lo más jodido.

6. La superioridad moral que alegan ciertos sectarios se contradice con su intransigente determinación de no deja vivir a los demás en paz.

7. San José es una ciudad con una considerable oferta cultura ahora más que público haría falta distribución. (Este punto es una extensión natural del anterior: La cultura popular es también cultura).

8. Pretender que en Costa Rica conviven dos mundos es simplista: Desde una fiesta en la azotea del Sheraton hasta un puesto en un tugurio de Tirrases convergen miles de mundos de distancia.

9. Entre tales convergencias transcurren coincidencias inimaginables desde la gente hasta los temas. En ambos me he tomado una Imperial.

10. La distancia entre estos puntos y todos los anteriores no se mide en distancia ni en estados emocionales. En todos hay una insistente necesidad de apatía. El derecho a odiar es también una elección.

viernes, 14 de septiembre de 2012

Apreciaciones de Talamanca





1. Cuando me refiero a Talamanca me refiero a esa Talamanca, la de allá: Selva, Indios, Pobreza.

2. Podría ser políticamente correcto y referirme a Talamanca en otros términos: bosque tropical húmedo, aborígenes o etnias autóctonas costarricenses, escasos recursos. Esto sin aportar nada más que distancia al texto. No es un modo de discriminación. La corrección política no soluciona el problema, a veces más bien solo lo rodea.

3. En Talamanca -esa Talamanca- todos los perros son flacos, señal inequívoca que ahí no sobra la comida, ni ninguna otra cosa.

4. La pobreza es tan palpable como en las zonas urbano marginales, lo que cambia es el contexto y la distancia entre individuos pobres, allá la pobreza no se aglomera por el contrario se diluye.

5. A la pobreza no se le gana con regalos: En la celebración del día del niño una de las muchas niñas que asistieron indicó con toda seriedad que no le gustaban sus regalos. Mientras que otro niño alegó que no quería -esa cochinada del carro- porque como todos los demás niños él quería un balón de fútbol.   

6. La cultura y la alfabetización ya no son elementos tan relativos. ¿Será aventurado decir que allá se leé -relativamente- lo mismo que aquí: Nada?

7. Cuando a uno le hablan de ir a Talamanca, los estereotipos surgen por autonomasia.

8. Cuando uno regresa los estereotipos siguen casi todos igual de presentes, a excepción de los más importantes: los que se erradican.

9. En un país que no es tan extenso parecen ridículas las distancias que se forman entre los individuos, más cuando entre ellos divergen por encima de una  lengua y una una cultura, una percepción generalizada del otro.

10. Es decir la percepción es la que causa la distancia, no la distancia física por sí sola. A pesar de esto hay elementos que no están sujetos a percepción, por ejemplo, los perros en Talamanca no se perciben flacos, son flacos. No es que exista una percepción sobre lo que no sobra, es que a veces allá no sobra tanto, que falta.

martes, 11 de septiembre de 2012

Fechas alternativas para llorar / Los desmemoriados

Los desmemoriados: esos somos nosotros los latinoamericanos.

Los desmemoriados o más bien nuestra memoria es el vínculo colectivo que tenemos con los medios: recordamos lo es está en el doodle del día, lo que aparece en google lo que nos dice CNN que recordemos y entonces recordamos.

Por ejemplo recordamos con dolor el 11 de Setiembre del 2001, por que todos nos piden que lo recordemos y hay que hacerlo, porque un acto de odio tal, contra inocentes, no es honroso aún cuando se ataque al peor de los enemigos.

Es decir recordamos que el pueblo Estadounidense sufrió, recordamos lo que sufrimos nosotros, compartimos un acto de fraternal solidaridad, sus muertos nos duelen tanto como los nuestros.

¿Pero y lo que sufrimos los pueblos al sur de río Bravo? ¿Que hay de esos muertos, en el olvido, esos asesinatos, masacres, atentados terroristas?.

Hay otro 11 de Setiembre que solo algunos recordamos en la más profunda tristeza, fuera de de los hermanos Chilenos y algunos otras personas dispersada por el continente, para Latinoamérica esa del google y CNN la fecha no recuerda más que las torres desplomándose.

No solo eso hay cientos de fechas que no son más que un día en el calendario para muchos, pero para la minoría son el recuerdo que algo que se destroza: la dignidad humana.

2 de Octubre de 1968 (La masacre de Tlatelolco), 16 de Setiembre de 1976 (La noche de los lápices), 11 de Setiembre de 1973 (Golpe de estado en Chile), 5 de Diciembre de 1928 (La masacre de la bananera), 15 de noviembre del 1922 (Matanza obrera en Guayaquil), por nombrar solo algunas de las más grandes atrocidades cometidas en suelo latino y que la mayoría de nosotros ignoramos, dejamos pasar por la lenta máquina del olvido, como si en el fondo deseáramos que vuelva a suceder.

La segunda declaración de la habana dice que: "Ningún pueblo de América Latina es débil porque forma parte de una familia de doscientos millones de hermanos que padecen las mismas miserias, albergan los mismos sentimientos, tienen el mismo enemigo, sueñan todos un mismo mejor destino …". Pero a pesar de todo aquello que compartimos no tenemos una memoria colectiva que nos permita -no el victimismo, viejo y cansado vicio de la debilidad- sino la cautela, la recuperación de la dignidad perdida, como una sola nación que sueña el mismo mejor mañana, sin embargo la tarea de recordar es solo una carga de aquellos que sufrieron, para los demás hermanos latinoamericanos esas fechas no son nada, para la mayoría lo peor que pudo haber sucedido al mundo fue aquel nefasto día en que los aviones violentaron la soberanía de un país que nunca se ha permitido respetar la soberanía del resto del mundo.

Para mi el peor crimen en el de la indiferencia de nuestra patria Grande, que ya no existe -si es que alguna vez existió-. El crimen es saber que hay gente que recuerda esta fecha con lágrimas en los ojos, pero no sabe de las matanzas acá es su propio patio, más cercanas y más latentes, la memoria nuestros atentados, de nuestras masacres, de nuestra sangre derramada. Es solo un susurro lejano, comparado a la máquina de recordar de los medios complacientes siempre de los raitings y de las ventas y por supuesto complacientes de dolor y a alegría de otros pueblos.

Los desmemoriados, esos somos nosotros los que recordamos la muerte la de vecino, pero no la muerte de nuestros hijos.

jueves, 6 de septiembre de 2012

Cuando nos volvamos a encontrar


Fue una tarde confusa, tenía la cabeza en cualquier otro lado, Diego fue el primero y tal vez el único que me llamó.

Cuatro horas más tarde y en medio de una presa insospechada (tiempo después me daría cuenta que todo estaba relacionado) no solo había dado rodeado todo San José, sino que había atravesado desde Heredia hasta Escazú, fumábamos todos dentro carro, yo conducía mientras ellas lloraban.

De algo no me cabe duda, la tragedia nos había tocado a todos (nunca igual) pero a todos nos afecto.

Hubieron pocos encuentros luego de eso, en los siguientes seis meses fui una especia de outsider del círculo del que no formaba parte, pero tampoco dejaba de estar ahí.

Una vez, pocos días de antes de encerrarme a escribir y nueve meses despúes del accidente, confirmé mi conclusión, cuando yo estaba finalmente de vuelta en San José, luego de algunos recorridos que habían empezado en suramérica, cuando visité bares, restaurantes, moteles y hasta playas, no se como acabé hablando de esto justamente, pero la verdad estaba ahí tan contundente como la tarde que recibí la llamada.

Cuando transcurrió el primer año pensé seriamente pasar a visitarla, pero en tres meses la distancia puede ser enorme, aún cuando se esté justo al lado. La intenté llamar pero el mi teléfono sonó primero, era el editor, me dijo que que el último volumen le parecía malo, me pidió que le presentara otra cosa si quería publicar algo antes de final de año.

Pensé en hacer algo parecido a un cuento, todo relacionado con el último año pero solo había a lo largo del año una imagen recurrente: no podía dejar de pensar en las dos mujeres que iban llorando-fumando en el auto.

No, no lo iba a escribir, se había tocado una fibra sensible, esas que lo cambian a uno. Desde entonces las había vuelto a ver poco, a ella menos aún, aunque nunca dejamos de hablar del todo, intenté llamarla y no contestó, tal vez mañana sea un mejor día para hacerlo, yo aún no vuelvo al círculo, aún me considero un outsider, siempre he sido más frío que sencillo.

La última vez que hablé con Diego fue hace tres días, aún tengo esa sensación de vacío, como cuando me dio la noticia, y al día de hoy la mujeres siguen llorando una al lado mío, la otra en el asiento de atrás, Diego aún conserva el tono de voz sombrío.

He creído que las cosas van a cambiar, las he visto cambiar pero con la misma impotencia las he visto devolverse al lugar original, el lugar que determinó el azar, hace un año, esperando el próximo evento que nos transforme a todos, que es cuando – probablemente - nos volvamos a encontrar.

sábado, 1 de septiembre de 2012

Pequeñas transgresiones temporales

Las primeras 48 horas son en todo casos decisivas, por que una vez superadas las transgresiones se descansa, se piensa, se alucina, se calcula, se discute con uno mismo si vale la pena o no. Luego del viaje, de la despedida, luego de poner en orden la habitación, o luego de colgar el teléfono, las primeras 48 horas son el indicador equívoco del punto de no retorno que sigue a la incertidumbre: satisfacción o arrepentimiento. El cambio definitivo se dará en las siguientes 48 horas.

Lecciones para los días que vienen (Días que ya se fueron)

1. Nunca hay segundas oportunidades.
2. Oportunidad jugada, oportunidad gastada.
3. Esta confirmado, uno no debe volver al lugar donde fue feliz.
4. Jugar con la incertidumbre es como la ruleta rusa, no es el impacto lo que mata, sino que no se sabe cuando va a estallar.
5. Ya no hay monedas el aire, nadie grita: I double dare you motherfucker.
6. Alea iacta est.
7. Si regrás buscáme, si no me buscás es que nunca regresaste, o peor aún antes vos de irte pasó que nunca nos encontramos...
8. Rezo por vos es un tema de Spinetta que salió en un disco de Charlie, en 1987, el año en que nacimos.
9. Mayo todopoderoso, Junio tímido, despreciable Julio, Agosto es hoy.
10. Lo mejores capítulos de la historia, están por escribirse...

I killed the lounge-diva

The fancy place, 
la gente pretenciosa: 
la mitología del lounge.

Sus diosas plásticas
y quienes no adoramos sus altares. 

La perfección del atuendo, la perfección del cuerpo, los cabellos y las uñas, los hermosos y diminutos vestidos seductores.

Y vos, que afuera de eso, dejás de transcender.

Efectos de la censura postmoderna o el poema político mató al poema-romántico-star

Ni Videla,
Ni Pinochet,
Ni Trujillo,
Ni Martinez,
Ni Franco.

Los chivatos, los chismosos y los pésimos lectores de poesía:
fueron ellos, ahí estan sus cuerpos y tiene sangre hasta en los dientes, 
cargan a Jara, a Lorca, a Dalton, 
y -sin ambiciones de compararme con ellos- cargan también conmigo.

Breves lecciones de literalidad

La capacidad de texto de crear un mundo. Donde corazón puede ser un corazón pero también y solo si el lector lo permite corazón puede ser otra cosa como: piedra, o tractor. Pueden ser incluso cosas tan desconocidas como una manscupia o tan ridículas como un mae que vomita conejos.

Por eso amigo lector o amiga lactora disfrute la literalidad sin comprometerla con el mundo real donde el corazón es por extensión solo un pedazo de carne, sin más...

lunes, 24 de octubre de 2011

Del conocimiento trascendental

Birra

El Alcohol lo había golpeado de una manera rara, no era el típico sopor estupidizante, había algo más en él, algo ritual que lo unía a la chicha y al pulque de sus ancestros milenarios, buscaba nublar la consciencia copa tras copa y en medida que lo intentaba lograba el efecto rotundamente contrario, al alcohol afinó sus sentidos, se sentía vivo como nunca lo había hecho, clarificó las ideas de su mente, bebió un trago más y sintió la maravillosa conexión del hombre y el universo, su corazón palpitaba acelerado, en un éxtasis casi infinito. Un trago más, le permitió fluir con el cosmos, los planetas alineados y sus órbitas perfectas. Otro más que bebió le hizo entender todo lo que trascendía lo humano, las fuerzas del universo se convirtieron en garabatos explicados por un niño sencillo y lúcido.

-Otro más – le gritó al cantinero malencarado, que le sirvió sin reparo el que habría de ser su último trago, al tocar el pequeño vaso de vidrio, sintió los átomos que circulaban en él, alrededor de él, desde y hacia él, percibió la energía y la materia que componía todo en las formas más disímiles y particulares, la barra del bar, el bar, las putas sentadas en la mesa bebiendo alegres con un viejo que no se podía imaginar lo que estaba por acontecerle. Se acercó el vaso a los labios, vio más allá de la cantina, de las calles y avenidas de San José, de Costa Rica, de un punto pequeño en la pequeñez del mundo y de la grandeza de todo aquello que estaba afuera de él, bebió rápido el líquido, y tuvo en un instante el conocimiento de todo, lo entendió todo, lo abarcó todo, lo que nadie había podido responder era ahora de su posesión.

Había llegado a un estado de consciencia tan elevado y perfecto, que solo podía sentir felicidad y terror en dosis tan poderosas que lo reventaban por dentro, que debían salir de él y que a través de una contracción en el abdomen tan violenta y rápida no pudo más que vomitar: el conocimiento de los astros milenarios, todo lo que había sido y lo que iba a ser, vomitó entonces con todo su fuerza, antes de desplomarse del banco renco en que se había sentado. Nadie oyó murmurar lo que dijo, no solo por el ruido de las arcadas sino por el asco que producía en todos el descomunal vómito que lo hizo caer de espaldas, nadie lo oyó murmurar: - Lo sé, lo sé todo -, entre el ruido y el nauseabundo olor de aquella sustancia que ahora le cubría el cuerpo.

Antes de morir sintió lástima de sí mismo, nadie iba nunca a saber que había desentrañados los secretos de la vida y la muerte y todo lo que está por encima de eso.

En el reporte policial, se especificó solamente la muerte de un borracho por presunta intoxicación. Con este ya son tres en lo que va del año…

jueves, 27 de enero de 2011

Hasta la última nota de la canción


"Dado el efecto narcotizante de un evento reciente"

La conocí en el Jazz Café, yo fumaba en la barra, mientras me tomaba una cerveza esperando que el concierto iniciara, cuando casi me estaba arrepintiendo de haber salido ese día más cuando el concierto ya se había atrasado casi media hora, bebía a grandes sorbos, esperando que la cerveza se consumiera lo más rápido, en ese momento ella entró, se dirigió a las sillas vacías en la barra justo al lado mío, me pregunto si estaba ocupando el campo. –Me llamo Norma- me dijo, yo sonreí, se me acercó y me dijo que le gustaba mi camiseta (de Led Zeppelin, algo curioso para un concierto de música tropical).
- Soy Marcos – le solté con la mayor parsimonia, no eran más que ¿nervios? No lo sé, estado autómata me imagino.

Bailamos la mitad del concierto, no porque yo lo quisiera, es decir sí lo quería, pero ella fue la que se atrevió a decirme que saliera de mi noctámbulismo, la música daba para más que quedarse ahí sentado, por supuesto, pero yo no era – o soy – de esos que sacan a una mujer a bailar, menos a una como Norma.

Me despedí, beso tímido, me insinuó que no se iba a olvidar de mí. Esa noche soñé con ella, calculo que me llevaba al menos cinco años, poco me importó, la deseaba, la deseaba tanto que no dormí esa noche, me quemaba en deseo, en una vigilia lánguida, que entre la realidad y el sueño acabé pensando en ella, en ir a su casa, bajarnos del taxi a penas pagar la tarifa y ni siquiera esperar el vuelto, nos consumíamos de la ganas de amanecer juntos.

- Me llamo Norma – me dijo, me sonrío y dijo algo de la camiseta de Led Zeppelin que andaba puesta. Lego de algunas cuatro cervezas vacías que dejé en la barra ella me sacó a bailar, no fue que me preguntó - ¿Bailamos? – fue más sutil, desde la pista donde bailaba sin pareja, ella, al igual que muchos otros aficionados al contoneo de formas y sudores me hizo una especie de mueca, sonrío, murmulló un – Venga – en sus ojos me decía que no le tuviera miedo, yo no le tenía miedo, desde que la vi dirigirse a la barra, entendí en ella una fuerza hembra primitiva (no, no me malentienda, no se trata de verla como una mujer de la cavernas) algo así como una mujer consciente de su propio libido, dueña de su propio cuerpo, salí a bailar, total todos lo hacía a su forma, sin técnica, sin pasos, libres por la pista, dando vueltas erráticas, como un átomo excitado ante la cercanía de otro átomo, los campos de fuerza invisibles, que unen la materia los mismo que liberan enormes cantidades de energía en la fisión, ella era eso, una fisión que emanaba energía, que sonreía, que sonreía mientras me imaginaba que le hacía el amor.

Me figuraba desesperado (casi suplicando que fuera así) que en cualquier lugar que ella estuviera, haría lo mismo, imaginar que yo la besaba, que divagaba en su frente, en su labios, en la nuca, en el sol tatuado en la nuca, que le respiraba en el hombro, mientras acomodaba los labios en la tibieza de la piel, la tibieza de los poros aún abiertos por el sudor inamovible que sucede al baile. Imaginaba que la manos con la que le sostenía la cintura mientras aún nos encontrábamos en el Jazz Café, ahora navegaba en la cintura desnuda, que sujetaba mientras besaba los pechos con desenfreno, mientras buscaba el mecanismo para desplazar el pantalón ajustado, al tiempo que me desprendía yo mismo de la faja, mientras sus manos buscaban también el mismo mecanismo para volver la acción recíproca.

Cuando me despedí le dije – Adiós Norma, si te veo mañana en el concierto te refresco la memoria y te digo: Soy Marcos, el mae que estuvo bailando con vos, ayer – me volqué sobre su mejilla y sentí el aliento jadeante decirme – No hace falta, yo a vos te voy a recordar muy bien -. Y luego una hora después la parafernalia febril me llevó a imaginar el momento preciso de tener al frente el aliento cálido de tequila, cervezas, baile, y sonrisa, que me decía no con palabras sino más bien como un quejido sollozante que salía del pecho – yo a vos te voy a recordar muy bien – que susurraba, pidiendo y ofreciendo al mismo tiempo tanto placer como un cuerpo podía pedir-ofrecer, sí un intercambio de placer, de – Mañana cuando te vea... – y de – no hace falta, a vos te...- que se dejaba perder un gimoteo infinito, cada vez más corto, pero intenso, que iba transitando del pecho a la garganta, cuando recostaba todo el peso de la noche en su cuerpo, adentro de su cuerpo, que se balanceaba con la misma precisión y elegancia con la que bailaba, repartía en su piernas ancladas a mi rodillas, en el vientre cálido, los pezones erectos y la tibieza del cuello del cual brotaba un sudor dulce, todo el choque de deseo acumulado, como intentando reponer todo el tiempo desperdiciado, desde que me dijo: - me llamo Norma, hey que tuanis chema... - hasta cuando me llamó para que bailara con ella.

Me despedí de sus amigos: - Pura vida, gusto conocerlos - aunque no hubiera determinado a ninguno de ellos, desupúes de ella, todos pasaron a segundo plano aún antes de advertir su presencia, pagué la cuenta, salí, tome el taxi, llegue a mi casa, me desplomé en la cama, como un gesto de rabia, encendí el último cigarrillo de la caja, y me imaginé con ella, diciéndole al oído cosas sin decir, gestos, lenguaje primitivo de ese que sale cuando uno regresa al estado más puro de sus instintos, y que al fin y al cabo no importa, despúes de todo el oído y la vista deja de importar en esas situaciones, y el olfato, el gusto y el tacto se vuelven dominantes, en especial el tacto, cuando la piel recibe el estímulo de repetir una y otra vez el movimiento rítmico, arítmico, del baile, de los cuerpos que se acercan hasta estar uno tan cerca del otro que se pierde la frontera de lo que es uno y es otro, que luego se aleja por culpa de aquel pendejo que dijo: “Con toda acción ocurre siempre una reacción igual y contraria: o sea, las acciones mutuas de dos cuerpos siempre son iguales y dirigidas en direcciones opuestas”, pero ya en ese estado de euforia es capaz de mandar al carajo la física y volver a intentar el acercamiento, con más velocidad y más fuerza, como cuando bailábamos unas horas atrás y la pieza terminaba, y entonces con renovada energía repetíamos el paso, o dábamos una vuelta, así igual al saber que la canción de jadeos profundos y los murmullos de placer se va acabando decidimos ambos con un pacto silencioso de un beso acabar la pieza así tuvieramos que entregar la última fuerza de los cuerpos, que se sincronizan, hasta que suena la última nota, la que se extiende demasiado tiempo, pero no importa, es la mejor, es en la que estallan los átomos, del choque primigenio, entonces nos sentimos ambos, más allá de esta vida, y de otras, más allá del bar, del baile, de los conciertos, más allá de cama, de la casa, en un barrio de San José, se es más grande que todo eso, porque no ha existido nunca mayor placer, que a pesar de durar segundos se hace eterno, pero no importa, es la suma de todos lo momentos, la última nota de la canción, entonces salimos del ensimismamiento colectivo, nos miramos, sonreímos cómplices del placer, coautores materiales, aplaudimos, la banda se despide, y al rato yo le digo que me voy, ella me dá un beso enorme, y me dice que se va a acordar de mí. El letargo me confundió, ya no sabía si recordaba que baila o imaginaba que nos hacíamos el amor...

La noche siguiente la encontré en el Jazz Café, ella estaba en la barra, yo me acerqué, le pregunté aún imaginando que ese día si podría materializar todo aquello en lo que había fantaseado - ¿Te acordás de mí? – soltó un risita, y me dijo que no, que estaba segura que no me conocía, me devolví de golpe a la noche anterior, ¿fantaseé todo? Pero no me importó, le sonreí con tranquilidad – Soy Marcos – le dije y agregué – Me encanta esa blusa de Pink Floyd que andás – sonrió agradecida – Me llamo Norma, mucho gusto – me dijo, mientras yo me decidía que desde la primer pieza la iba a sacar para que bailáramos, hasta la última nota, de la última canción.

lunes, 3 de enero de 2011

La literalidad de la nota amarillista



- No es que estas cosas no pasen – dijo y enfatizó: - pasan, pero no existen en verdad, hasta que alguien las informa -. Para él, el mundo era así, nada existía si quedaba en las mentes de unos pocos, el mundo era lo que era y en él había lo que había hasta fuera descrito, comentado, publicado. Es decir que la tierra fue plana hasta el día: no en que alguien finalmente le dio una vuelta, sino hasta que alguien publicó con datos, fechas y descripciones las pruebas contundentes de su redondez, por eso decidió convertirse en comunicador o bien en su propio orden de ideas, creador.

Poco antes de graduarse, tuvo la oportunidad de conseguir un trabajo escribiendo notas de sucesos escasamente relevantes en un diario de circulación nacional medio amarillista (no es que fuera más o menos amarillista sino más bien con uno contenido alineado al promedio de sensacionalismo típico de los canales de comunicación nacionales de aquellos y especialmente estos días). Si bien no le pareció el trabajo más interesante, ni el óptimo lugar para empezar dados los constantes escándalos del periódico cada vez que publicada en primera plana la imagen de un cadáver desangrándose, o los cuerpos sin vida de niños luego de algún desastre natural. (Cosa que se hacía más común a como aumentaban los denuncias de insensibilidad de las fotografías). Sin embargo sentía un placer circunstancial cada vez que su labor lo llevaba a crear una pelea en una cantina capitalina que terminaba con algún sujeto apuñaleado y la intervención de la fuerza pública, el placer provenía claro está, no de los hechos “lamentables” sino de la capacidad de descubrir y probar la existencia de ese bajo mundo creado a altas horas de la noche, articulado entre las notas de prensa “light” que detallaban el último rompimiento amoroso de los lejanos conocidos - o desconocidos – integrantes de una élite social en decadencia y la creación del secreto a voces de un acto de corrupción conocido pero inexistente hasta su publicación, para luego ser fríamente olvidado.

No pasaría mucho tiempo allí hasta que sus mundos se hicieron cortos frente a su capacidad creadora para universos de caos que rondaban (o podrían rondar) las noticias. Fue entonces cuando una madrugada en que todos lo demás redactores se había ocupado ya de sus notas, se dio la información de un cadáver descubierto a la orilla de un río en las afueras de San José. Ese día recibió su oportunidad de crear un suceso mayor a la suma de todas las broncas de cantinas juntas. Lo mandaron con la orden explícita de traer una “buena noticia” lo enviaron de inmediato con el fotógrafo más cotizado del diario, a que trajera los detalles lo más pronto posible para poder incluir la información en la edición que saldría la mañana siguiente.

Entre el ajetreo del personal forense, lo agentes investigación judicial y fuerza pública logró identificar a la persona que encontró el cuerpo, se trataba de una drogadicto no mayor a los veinte años que se había escondido en un matorral a “hacerse una piedra” y que una vez finalizada salió al cauce del río cuyo hedor era perceptible aún en la carretera a unos quinientos metros de distancia del margen.

Logró interrogar rápidamente al muchacho quién le explicó lo sucedido, mientras el fotógrafo pudo a duras penas capturar el cadáver con su lente justo antes que los médicos forenses los pusieran en una bolsa plástica, para ser trasladado hasta la morgue. De lo ocurrido no hubo mayor información, el único testigo del descubrimiento no sabía quién era la víctima puesto que alego no ser de la zona, los oficiales le indicaron las señas básicas del cuerpo: uno ochenta, masculino, con tres impactos de bala en el tórax, y otro en una pierna, podría llevar unas seis horas muertos. Luego le explicó que se conjeturaba, el susodicho había sido asesinado en el lugar, el sospechoso había salido por el matorral y habría podido escapar por la carreta en cualquier dirección. Tomó nota, apuntó todo y luego como acto de desesperación y en caso de que consiguiera más información le dio su tarjeta al agente judicial quién desconcertado por el gesto, la guardó en el bolsillo. Se despidió del agente y llamó al fotógrafo quién fumaba cerca de le escena de crimen, para decirle que se regresaran a la oficina, en aquel lugar ya no había nada por hacer.

Una vez en la sala de redacción y después de haber pasado un incómodo almuerzo durante el cual no pudo comer por el asco recurrente que le causaba la imagen del hombre muerto, terminó de redactar la noticia y la envío al editor quién la aprobó sin mayor algarabía y en el fondo algo decepcionado por no tener más que la historia de un cuerpo encontrado y no el asesinato brutal y feroz con que esperaba rellenar más páginas del tabloide.

Ya para la tarde, la imagen del cuerpo se empezaba a atenuar y dado lo que había para el resto de la tarde daba apenas para el ocio, decidió a manera de ejercicio re-crear la nota, no como parte de su trabajo, mas como un pasatiempo práctico para ejercer su pasión creadora. Procedió entonces a nombrar en primer lugar a la víctima: “José Ramos Sánchez”, nombre genérico y común para salir del paso, en segundo lugar le creó una identidad. “Escritor” pensó sonriendo, “vecino de Tibás…”. Así fue construyendo la historia del asesinato, movido un poco por el propio morbo y contrastándola con una parodia de sí mismo para atenuar lo macabro del ejercicio. Continuó escribiendo “el escritor manejaba su automóvil de regreso a casa, cuando fue interceptado por otro sujeto, el cual se desconoce la identidad. Se presume que trate de una venganza. Fuentes cercanas nos informaron que el autor había recibido amenaza telefónicas de una persona quién acusaba de haber plagiado una obra a la que Ramos había tenido acceso algunos años atrás y que el mismo autor usó como referencia para su última publicación…” había creado entonces un móvil, tan irreverente que se leía digno de película barata, pero tan válido para su juego como lo hubiera sido el móvil real.

“El asesino, lo llevo a la orilla del río y le propinó cuatro disparos con un arma de 9 milímetros…” se dejó llevar por su propia inventiva, una suerte de reto auto impuesto para hacer su mejor nota de un crimen que sin existir estaba creando. “El arma fue encontrada cerca de la escena del crimen, los agentes judiciales indican que la misma puede aportar pruebas de la identidad del asesino.” Pensó en desenvolver la historia, y desenterrar los secretos del culpable, pero se percató de la hora y acto mecánico se sintió casando, como si hubiera pasado varios días despierto, culpó a la indisposición de ver aquel muerto como la causa de la fatiga y decidió regresar a su casa, no sin antes concluir con la nota del escritor: “… padre de familia que deja tres hijos huérfanos…”.
Ya en la noche lo que había parecido un simpático juego, burla a sí mismo y a labor del medio en que trabajaba, se volvió una inquietud, no había imaginado que el asesinato del hombre cuyo cuerpo pálido había visto en la mañana lo hubiera afectado tanto, sentía una lástima infinita de aquel pobre pero sobre todo sentía una curiosidad tremenda de saber quién era ese hombre y por qué había terminado así, recurrió a la intención de olvidar todo lo que había pasado, para intentar dormir, pero no lo logró había transcurrido toda la noche entre un vigilia involuntaria, y algunas imágenes que sin ser un sueño evocaban al cuerpo, a José Ramos y a un arma tirada en un matorral.

Al escuchar el despertador se sintió tan casado como cuando había llegado a su casa, se levantó sin mayor esfuerzo, casi a manera automática, y se puso a hacer el café, para tomarse una taza luego de salir de la ducha. En ese preciso instante escuchó el golpe en la puerta, intrigado por la hora abrió la puerta y de inmediato recordó el rostro de aquel hombre sombrío frente a otros cuatro hombre igualmente sombríos, se trataba del agente judicial, haciendo un gesto de desconcierto pensó que habían obtenido algo sobre el asesinato del día anterior, el pensamiento chocó de pronto con la frase que escuchaba sin poder entender: -Está detenido por el asesinato de José Ramos Sánchez, ponga las manos sobre la cabeza y salga-.

Habían trascurrido cuatro meses desde entonces, el día del litigio el periódico publicó en primera plana, con letras rojas: -Periodista asesino a Juicio- y justo debajo la fotografía que lo mostraba el día del descubrimiento del cuerpo hablando con el drogadicto, y al fondo el cuerpo tapado con un plástico blanco.

El juicio transcurrió lento, desfilaron el arma “9 milímetros” registrada a su nombre y con sus huellas digitales, la lista de llamadas amenazantes realizadas desde el teléfono de su casa, el testimonio de la esposa de la víctima quién decía conocerlo por haber sido compañero de su difunto esposo en la universidad.
Cuando fue llamado a declarar, hizo el juramento luego un silencio que duró varios minutos, en los que las lágrimas se apoderaron de sus ojos, cuando el bullicio en la sala empezó a proliferar dijo: - No es que estas cosas no pasen –y enfatizó: - pasan, pero no existen en verdad, hasta que alguien las informa… -

miércoles, 14 de julio de 2010

Isla de tres muertos


¿Han visto una isla en el mar, cuando uno se dirige hacia ella? ¿Cómo uno no nota irse acercando en la lancha? El monolito parece tan distante, estático y de pronto sin ir percatándose uno de su terrible presencia simplemente está así, tan cercana, tan inabarcable, como una montaña imponente en medio de un desierto de dunas azules, resplandecientes, que no puede evadirse, que aún desviándose kilómetros antes de estar en sus playas, acapara el paso lo mismo para una lancha insignificante que para un extinto trasatlántico.

Y es que así es el mar, tan infinito y misterioso que ni siquiera uno que ha vivido más tiempo en el vaivén de las aguas que en los tristes suelos moribundos se acostumbra a lo que ve: los barcos, los peces, los monstruos, los muertos, lo que no se ve pero eriza la piel, el sabor de la brisa salda. Por ello y ante la incredulidad de aquellos que no reconocen la grandeza intrascendente del Océano, deseo explicar lo que me sucedió y lo que está por suceder.

Recuerdo que cerca de dieciochos horas de estar adentrándonos en aguas desconocidas pero aún en territorio costarricense, vimos aquella isla que en pleno siglo XXI era ridícula la sola idea de no estar descubierta: mapas, satélites, GPS nos daba crédito de lo contrario, un trozo de tierra anacrónico enclavado fuera del tiempo y espacio conocido, empezó a aparecer frente a los ojos de la tripulación y del capitán un Chino tan asombrado como nosotros de ver aparecer una tierra desconocida, lo absurdo estaba sin embargo aún por ocurrir cuando navegamos otras dieciocho horas a velocidad constante hacía la muralla verde que no parecía crecer más por mucho que nos estuviéramos acercando, no hicieron falta todas las horas para llegar a un punto de histeria, de incomprensión de aquello que bien era inalcanzable por los azares de Dios, la magia, o la paranoia que nos consumía.

Tal vez no suene tan aterrador, pero era esa precisa sensación en todos y cada uno de los pescadores de la nave, no fue que la isla hubiera aparecido solo por que si ante nuestros ojos, fue otro el efecto de ver aquel montículo apenas perceptible a la distancia ir emergiendo al ritmo de los motores que de un momento a otro se detuvo como un animal prehistórico y tímido que solo se dio el capricho de asomar su lomo gigantesco, sin la necesidad de revelar los confines de su cuerpo de Cipactli primigenio.

Fue así como la distancia que los viejos y experimentados navegantes calcularon de cincuenta kilómetros se fue haciendo permanente al principio durante unos minutos, pero luego de horas, los motores que no dejaron de trabajar, no parecieron moverse con respecto a la isla, pero si respecto al mar, el viento, los bancos de peces y las corrientes, no parecía que persiguiéramos llegar a las playas de aquel monstruo de tierra y selva, era más bien como si nos remolcara, jalándonos con una cadena tensa y milenaria que no tardaría en romperse.

Nunca llegamos a la isla, que dejó de ser un objetivo efímero y curioso para ser una obsesión, el capitán y todos nosotros tripulantes inexpertos juntos con los viejos de larga espuela teníamos resuelto llegar allá aunque el miedo de aquel fenómeno inexplicable nos hiciera creer que íbamos a llegar a la mismísima morada del diablo.

Fue cuando se desató el infierno, no por que apareciera el Belcebú y sus cortes sulfurosas, sino por que alguien señaló de culpable de la maldición de no poder llegar hasta nuestro nuevo destino a un tipo cuya mujer supuesta bruja de un barrio de Puntarenas le había echado un mal de ojo a la desvencijada embarcación.

El hombre no tardó en replicar que su mujer no era bruja y que la acusación la hacía el otro tripulante solo por una negligente envidia por él tener una mujer que no salía de su casa, mientras que la de él era a todas voces puta, puesto que era bien sabido que se revolcaba con otro fulano. Bastó eso para que los dos se rajaran a golpes, y que una vez disuelta la pelea por todo el resto de la tripulación, el de la mujer puta fuera a buscar el cuchillo de destripar pescados para apuñalar al de la mujer bruja en un descuido, justo antes de que endemoniadamente buscara sus propias venas para probar le filo del cuchillo.

Con dos tripulantes desangrándose y una isla que seguía a cincuenta kilómetros sin importarle que hubiéramos avanzado por casi dos días hacía ella, no quedó mayor opción que retornar al puerto, sin la pesca, sin una prueba tangible de isla, y con dos piltrafas humanas a un paso de la muerte. Uno de los dos no preciso cual murió un día antes de llegar al puerto, el otro lo hizo solo tres horas antes de desembarcar.

Explicamos mucho, sin que se nos creyera una palabra, por eso anoche alquilé una lancha, la cual carga suficiente combustible para un viaje de una semana, busque a la viuda que en efecto resultó ser bruja a la cual le pedí un amuleto contra el mal de ojo, ya todo está listo para el viaje, hay misterios en el mar que valen la vida de todos los seres de la tierra, le pedí a la otra viuda que me acompañara, cabe aclara que ella no era puta, aunque le era infiel a su marido, de cualquier manera ya teníamos planeado fugarnos una vez que desembarcara, sin embargo ya no íbamos para San José, íbamos para una isla desconocida, nunca me imaginé que el hombre fuera a reaccionar así cuando le explique lo de su mujer, o como se lo había dicho: “de mi mujer”. Recordé llevar también un cuchillo afilado, por si aquel misterio del mar me exigía una vida más para ser revelado.

domingo, 4 de abril de 2010

El Hijo


Por que todos tenemos nuestros demonios…


Como si no fuera ya de por sí doloroso verla luego de una cantidad de meses en los que el curso de la vida se había transformado inevitablemente, esperar verla con bata verde, se hacía especialmente incómodo. Estaba totalmente desconcertado y con ese sabor a incertidumbre en la boca, la insistencia de Doña Irene fue determinante. La señora había continuado la incansable labor de su hija de mortificarme de forma rutinaria semana tras semana. Sin embargo su tono más piadoso que la forma reprochante de su hija terminó por convencerme, sin la total seguridad de saber si hacía un bien mayor a todos los daños que recíproca y estúpidamente nos habíamos causado.

La primera tortura fue obviamente atravesar toda la capital para llegar al hospital en Pavas, el silencio incómodo hubiera sido un placer privilegiado, que la señora no podía permitirme, sin embargo reconozco que mantuvo la compostura y no escuché de ella ni una ofensa. Asumí que en el fondo ella dudaba de mi responsabilidad absoluta una y mil veces achacada para mí por labios de su única hija.

Estaba claro que la culpa en estos casos (que no creo sean demasiado) han de repartirse con justicia, pero la gradualidad del asunto no me permitió percatarme hasta que tuve que ser drástico y cortar el problema de raíz. Era lógico suponer que ni la señora, ni mi madre ni nadie más que yo vieron como todo se iba haciendo un nudo, que empezó el día justo que ella me dijo estar preparada para ser madre.

¿Y para qué entrar en detalles?. Al fin y al cabo lo que yo digo no prueba nada, solo que desde mi inseguridad tenía la confianza plena de saber lo que yo quería. Tristemente un hijo no entraba en mis planes y menos aún ella, por más doloroso y cruel que pueda parecer. Pero no tenía ni la necesidad, ni el valor para explicarle que yo no me movía hacía allá.

Total y como pasa cuando uno no tiene ni la necesidad, ni el valor de terminar con las farsas, todo se salió de control. Pasé algunas semana escuchándola hablar de un niño: Y que belleza, y como nos haría de felices y que nombre le poníamos, como afrontar la hermosa responsabilidad de crear una familia, y otro montón de pendejadas (concepción odiosa y peyorativa, pero inmensamente válida cuando uno no atiende a compartir o complacer). Salía claro a anteponer egoístamente mis intereses que no eran muchos ni exigentes por la circunstancias. – Yo no estoy para eso, amor – o – Sería bonito por supuesto, pero no es el momento – fueron las expresiones más pusilánimes para hacer llevadero el ir y venir cotidiano (O más bien el ir y venir de algunas horas a la semana, en las que pasábamos juntos). Todo absolutamente había pasado muy rápido y no me di cuenta cuando las cosas dejaron de ser lo que eran, a ser el plan calacado de una semana sobre otra: El cine, el bar o el concierto de turno, los besos, lo abrazos, las caricias, el sexo, la conversaciones, el silencio, y finalmente la incomodidad insípida de hacer las cosas sin encontrar un motivo válido. ¿Para que seguir?. Más aún cuando las cosas se salían de cauce de lo sano: las putas llamadas a deshoras, las escenas, los reclamos y los celos del carajo se hacían más frecuentes. Como si nada pudiera ser peor me dice que quiere que la limite, que siente demasiado espacio para ella, que no podría ser una madre ejemplar así. Mientras yo me preguntaba como alguien podría ser madre de una criatura que no existe, que se desvanecía entre las píldoras anticonceptivas y las pruebas de embarazo negativas. No comprendía su impulso maternal ante su propia iniciativa (que apoyé gustoso) de planificar. Todo se acabó o más bien lo acabé cuando no tenía salvación alguna, que ella quiere su hijo ya, ahora, lo veía aquí y allá, lo soñaba y lo presentía con tanta certeza y convicción que ponía en tela de duda todo lo tangible contra un niño imaginado, deseado por ella y amado desde antes de ser concebido. Aprendí esa vez que sugerirle a una mujer asistencia psiquiátrica puede ser un error grave cuando se le tiene de frente. Nunca más la tuve de frente, y no pensaba hacerlo hasta que después de varias llamadas de doña Irene acepté acompañarla a una visita.

La primera llamada me tomó por sorpresa. Originalmente antes de su madre recibí las llamas de ella: unas semanas tenía ultrasonidos, dolores, antojos otras tenía disculpas, penas, intenciones inútiles de reconciliación, otras semanas solo había silencio que yo aprovechaba para explicarle que no existía bebé, que todo era una situación que le llenaba su cabeza de ideas. Luego dejó de llamar, hasta que llamó su madre. Me explicó que la situación se había vuelto tan grave que se vio obligada a internar a su hija, los doctores le habían diagnosticado un problema severo de personalidad, un trastorno psicótico complejo y otros términos técnicos que no preciso. Pero así como una tarea pendiente la señora continuó la labor de las llamadas periódicas de partes médicos y la molesta solicitud de que si la visitaba tal vez ella mejoraría, que su depresión, que yo no podía ser tan egoísta de dejarla en ese estado. Tal vez tenía algo de razón, pero yo no estaba dispuesto arriesgar mi propia cordura, y la paz apenas superficial que había construido con una ardua labor de olvido e insensibilidad tristemente forjadas.

Pero un día acepté con la esperanza de verme liberado de una culpa que me consumía, que se abría conforme nos acercábamos al hospital, cuando llegaba al parqueo, cuando en la sala de recepción nos enviaron al pasillo, cuando el número de las habitaciones se iba acercando al número que indicaba la tarjeta de visitas.

Entré y salí tan rápido como pude, tan entero como lo que me despedazaba por dentro lo permitó, esa culpa esa puta culpa, que me orillaba a saludarla, preguntarle como estaba y ver en sus ojos una amor tan profundo y tan desmedido que no era hacía mí, sino hacía su hijo, por el cual me preguntó una y mil veces, a las que respondí que no existía que todo estaba en su imaginación. Me despedí y vi como a medida que me alejaba, sus ojos abandonaban la esperanza de que nuestro hijo existiera, como su sonrisa tonta se iba desmoronado y destruyendo, cuando abandoné la sala y me alejé por el pasillo la escuché gritarme – Hijo de puta, no te llevés a mi hijo, es mi hijo -. Vi a los enfermeros del psiquiátrico correr a tranquilizarla.

Regresé a mi casa si entender del todo que sentir, no se había expiado ninguna culpa, seguía tal cual, y al momento de dormir estando en mi cama, me invadió de nuevo ese sabor a incertidumbre, presentía que algo estaba mal, me levanté y abrí la habitación de en junto antes deshabitada, encendí la luz desesperado y sonreí cuando vi que todo estaba bien, que mi hijo dormía sereno con una sonrisa de tranquilidad y paz en su rostro.

miércoles, 3 de marzo de 2010

La muerte del Rey Lapa

Cuando lo conocí tenía treinta y ocho años, era el Blu (vocablo Huetar, para su líder político y religioso, por extensión militar) de la nación de Suinse en la tierra de Ará (lo que se conoce ahora como Talamanca).

"Fallo que de condenar al dicho Pablo Presbere, por lo que contra él está probado, sin embargo, de la negativa que tiene hecha en su confesión”.

Estaba siedno condenado por asesinar a dos frailes, representantes de un Dios que permitía que nos golpearan como bestias, que no tuvieron piedad de matar, de violar, de destruir la tierra bendita de Ará.

“Que sea sacado del cuarto donde le tengo preso y puesto sobre una bestia de enjalma y llevado por las calles públicas de esta ciudad con voz de pregonero que diga y declare su delito”.

Pa – Blu, no era hombre de delitos, era un santo ser, jefe de la tierra y los hombres de Ará, sabio, poderoso, majestuoso, espíritu libre, como el nombre que se le había dado Pa (que significa Lapa), no mató por gusto, no destruyó casas y templos por que sí, era la única manera de liberar a su gente.

"Y estramuros de ella, arrimado a un palo, vendado los ojos, ad módum deli sea arcabuzceado, atento a no haber en ella verdugo que sepa dar garrote".

Pendejos hombres blancos, pendejo su Dios destructor de los hombres Sunsines, que en su ira hizo que aparecieran los doscientos hombres que luchaban por la libertad escondidos en el monte, todos ellos fueron atados por lo la muñecas y pies y llevados a pie hasta Cartago, muchos se liberaron en el camino, llamados por los vientos o por la aguas, pero abandonando su cuerpos, más Pa-Blu llegó Cartago, mientras los hombres de Ará eran repartidos por los españoles, y los apresados eran asesinados por los arcabuces, Pa-Blu fue el último en morir.

"Y luego que sea muerto le sea cortada la cabeza y puesta en alto que todos la vean en el dicho palo".

La última vez que lo vi no era ya el Blu, por que no estaba con los hombres de esta tierra, su cabeza altiva miraba a un triste futuro, sus ojos sin vida me miraban desde lo alto de la plaza de Cartago. Ese día ni el tigrillo, ni el pizote, ni la danta se atrevieron a salir, ni si quiera el jabalí, el quetzal calló, también lo hizo la lora y el perico. Ese día, los montes de Ará se sumieron en un profundo silenció, ni la hormiga bala trabajó por la tristeza, solo una Lapa, se atrevió a gritar desgarrando el silencio en lo alto de cielo, roja, majestuosa, cruzó Sunsine, el Rey Lapa estaba triste, furioso, pero era libre por fin.

Era un hombre nada más


El chofer le abre la puerta y él sube silente, seguro de su propia gloria, su propio poder, treinta años, y la ciudad lleva su nombre, sonríe de orgullo, el orgullo de atemorizar, matar, manipular. Claro que se siente valiente, por si fuera poco su investidura, el revolver calibre treinta y ocho, barril de seis tiros cargados, herramienta eficaz, fálica para reforzar su propia virilidad, apenas diezmada, por los estúpidos espasmos que no lo dejan controlar su propio esfínter, - Puedo mandar a un país entero, manipular al los Estados Unidos, al Vaticano, pero puta no puedo controlar si puedo o quiero cagar-.

Tanto poder y no poder cambiar la ruta de un viaje repetido a lo largo de dos años, de casa de mamá Julia a San Cristóbal a ver a una de sus tantas mujeres, que no puede complacer si no solo por que tiene a su disposición todo el país para ofrecerle. Tanto que puede poner en sus manos, pero no poder dejarla satisfecha con su sexo, tan fugaz como un suspiro -Puta, más grande- le dice como si fuera ella culpable. Sin embargo para su petulancia no hay nada imposible, lo que no logra excitar una mujer, lo logrará una ronda de metralla fusilando pendejos, pidiéndole a Abbes García que siga torturando traidores.

El Chevrolet Belair, continúo su camino, sin detenimientos, sin remordimientos, tan rápido y efectivo como la maquinaria asesina del régimen, sus policías y sus “cepillos”, y la horda de diputados y políticos pusilánimes que permitían que toquetearan a sus hijas y esposas solo para quedar bien con el jefe. El freno sonó, el chofer lo miró con cara de pánico, un Oldsmobile ligeramente orillado encendió las luces, y suena la primera detonación.
Sacó su revolver, y las detonaciones se hicieron constantes, el hombre que comanda al ejército más grande de América Latina, hace frente a su infeliz revolución, siete tipos con armas tan disímiles como los siete diferentes orígenes y motivos que los llevaron a todos a estar ahí. Pero no cree ser un cobarde, salé a luchar sin mayor manipulación que la del dedo en el gatillo de su falo ideológico, seis tiros. Una mariposa nocturna se posa paciente en el revolver tendido ahora en el suelo.

Sonríe con un cinismo tan grande como su ego, mientras de la Antonio de la Maza le impacta en el pecho el tiro de gracia. Piensa Antonio: -Después de todo era un hombre nada más, tan mortal como cualquiera de nosotros. No se ocupó ni una invasión, ni una bomba, ni a los gringos, ni a ningún hijo de puta.-

Lo irónico sin embargo fue que un muerto persiguiera y asesinara a diecinueve de los fulanos involucrados. Antes de acabar con los últimos infelices que ejecutaron su muerte, tuvo que verlos convertidos en héroes, condecorados por la misma mano que una semana antes firmaba cuanto aquel cadáver solicitara.

«El pueblo celebra con gran entusiasmo la Fiesta del Chivo el treinta de mayo.»

martes, 4 de agosto de 2009

That inmortal blues

Para Paola


Walk alone New Orlean’s alley that night, for last time,
Please, baby please,
Play to me that immortal blues just one more time.

Encendí el último cigarrillo en la puerta del club, más cerca del callejón que de la entrada de remaches y tablones. Bien podía ser una noche al azar, una noche cualquiera, como putas me iba a importa un carajo el maldito Perl Harbor, así de mutua era la indiferencia como las miradas de los tipos que no nos dejaban entrar a sus negocios, ni siquiera a sus baños, ni a vos ni a mí, total y si éramos diferentes, que le iba a importar a ellos, mientras pudiera cargar un rifle, les era necesario, y si ya me habían llamado, no tenía que perder solo a vos, tenía que irme, pero como despedirme.

No se si fue la multitud, no estoy seguro ni siquiera si me viste entrar y quedarme ahí cerca de la puerta, solo para oírte cantar esa canción que tanto me gusta, si no fuese por Joe, que nunca quiso cambiar la chatarra desafinada que tenía por trompeta, la banda hubiese sido una joya, estúpido Joe, pero al final no era tan importante, el lo sabía, vos eras la que los hacía grandes, con esa voz de hembra brava, apasionada, esos rizos negros, los ojos vivos, esa piel ébano, ese espíritu de hacer las cosas a como diera lugar, esa manía de cantar a todas horas del día, con la misma frecuencia y fuerza con la que hacíamos el amor. No se si quería irme, en el fondo sabía que conmigo nunca ibas a salir de los sótanos ruidosos, y los clubes sucios. New Orleans y sus manías, su música, su jazz, y vos, ya no eran tan felices, la guerra era la guerra, aunque nosotros ya la vivíamos desde antes, desde que éramos esclavos.

Cobarde manía la mía, nunca pude despedirme, por que me hacía débil, así que solo escuché la canción de esa voz a punto de quebrarse, casi de lamento - Walk alone New Orlean’s alley that night, for last time- jale el cigarrillo una última vez - Please, baby please,- tiré la colilla al suelo, y percibí un tono desgarrado, sin desafinar, como un adiós, que solo yo podía escuchar. - Play to me that immortal blues just one more time – ni siquiera Bessie Smith podía cantar tan hermoso, ni si quiera la voz de ella me partía así el alma, no era la despedida lo que me mataba por dentro, era que a donde iba no escucharía esa voz.

Salí del club, caminé solitario aquel callejón de New Orleans por última vez, pero el Blues, jamás dejó de sonar.

martes, 30 de junio de 2009

Prisionero del 73

En memoria de :Victor Jara y Harald Edelstam.


“Cayó mortalmente herido de un machetazo en la guitarra
pero aún tuvo tiempo de sacar su mejor canción de la funda
y disparar con ella contra su asesino
que pareció momentáneamente desconcertado
llevándose los índices a los oídos
y pidiendo a gritos
que apagaran la luz.”
Roque Dalton

Cuando llegué a la embajada me encontré a Ramiro, nunca podré describir la alegría de ver a uno de los propios, no es que acá en Chile la gente sea diferente, pero ver a un amigo, un conocido entre tantos desconocidos que habíamos, si hubiese tenido lagrimas juro que hubiera llorado ese día. Todos habíamos bajado corriendo del camión, y recibimos abrazos de personas a las que nunca antes les habíamos hablado, como cambia a la gente la tristeza, y es que no había otra cosa que recorriera las calles de Santiago que no fuera tanques o tristeza. Ramiro me miró, me ofreció un cigarrillo, creo que era su forma de abrazarme, de sentir la misma alegría de saber que aún estábamos vivos. Me miró como nunca más lo volviera hacer con una mirada penetrante que sin preguntarme nada me hizo recordar todos los detalles, como, cuando, por qué, no pude decir ni un palabra, sin quitar la mira preguntó finalmente :

- ¡Pero decíme che!, ¿Los tenían presos?-.


Pero carajo presos éramos todos, desde el tipo aquel de los volantes, hasta el teniente que comandaba las acciones dentro del Estadio, unos más presos que otros, creo por fin que los menos presos éramos nosotros, a los que ponían en fila para fusilar, igual podíamos gritar con todos lo huevos -Pinochet hijo de puta-, igual haríamos fila para ser fusilados, mientras que uno de esos con rifle en mano, no era ni capaz de contrariar una orden de un cabo, de un teniente, de un sargento, no podía ni siquiera titubear por que ahí mismo caían con un tiro en la frente por traidor.


– Si, todos presos – fue lo único que atiné a contestarle, nunca me faltaron tanto las palabras, todos presos fácil repuestas, pero no sabía decirle que no éramos prisioneros como cuando estaba en la cárcel en Uruguay, por subversivo, total allá nos daban comida, y a mí me salían las palabras, no como al tipo que compartió celda conmigo hace años ya, yo con un asesino y para colmo ni hablaba, solo una vez le hablé y le pregunté por que lo habían hundido, me dijo que mató a su mujer por que pensó que estaba en una pesadilla. Tremenda pesadilla colectiva de delirios de poder y de mierda la de estos militares.


Sentí solo la sacudida que Ramiro me hizo sujetándome de los hombros, - Pero Federico, che, poneme atención, decíme ¿Cuántos eran? -
¿Cuantos éramos? muchos pensé, me lleve las manos a los bolsillo, registrando, recordé el papel aquel, lo saque, lo ojee. – Éramos cinco mil – le dije.
-¿Y ese papel?- me pregunto.
-Me lo dio uno de los prisioneros, hace un par de días-
-Pero ¿Quién? ¿Vos lo conocés?- insistió
-Un tipo que agarraron en la Universidad también- para que decirle que al tipo le partieron las manos a patadas, luego que lo que vieron con el bolígrafo en la mano, por suerte para mí que no vieron cuando recién me daba el papel para que lo guardara, suerte para mí que no me revisaron, suerte para nosotros los Uruguayos que llegó el tipo este Sueco, no hacía falta decirle que al tipo luego se lo llevaron adentro a una de las cámaras y no lo volvimos a ver, bien pudo haber salido en algún otro camión, bien pudo haber recibido cuantos tiros le diera gana, si sonaban las ráfagas, a cada momento. –Creo que se llama Víctor, lo vi cantar una vez en la Universidad – le dije, recordé.


Ramiro me arrebató el papel y leyó en voz alta:
“Somos cinco mil en esta pequeña parte de la ciudad. Somos cinco mil ¿Cuántos seremos en total en las ciudades y en todo el país? Solo aquí diez mil manos que siembran
y hacen andar las fábricas. ¡Cuánta humanidad con hambre, frío, pánico, dolor, presión moral, terror y locura!"
.


-Federico, Che, esto es una mierda, es una cuidad de prisioneros- me dijo desesperado.
-Pero algunos son menos prisioneros- le dije, ya empezaba a recuperar mi elocuencia -todavía no hay cárceles para las palabras de un poeta-.
-Tampoco hay cárceles para una canción- me dijo, mientras que por primera vez en varios días ambos sonreíamos.


Fotos tomadas de: http://futbolrebelde.blogspot.com/2008_11_01_archive.html