martes, 4 de agosto de 2009

That inmortal blues

Para Paola


Walk alone New Orlean’s alley that night, for last time,
Please, baby please,
Play to me that immortal blues just one more time.

Encendí el último cigarrillo en la puerta del club, más cerca del callejón que de la entrada de remaches y tablones. Bien podía ser una noche al azar, una noche cualquiera, como putas me iba a importa un carajo el maldito Perl Harbor, así de mutua era la indiferencia como las miradas de los tipos que no nos dejaban entrar a sus negocios, ni siquiera a sus baños, ni a vos ni a mí, total y si éramos diferentes, que le iba a importar a ellos, mientras pudiera cargar un rifle, les era necesario, y si ya me habían llamado, no tenía que perder solo a vos, tenía que irme, pero como despedirme.

No se si fue la multitud, no estoy seguro ni siquiera si me viste entrar y quedarme ahí cerca de la puerta, solo para oírte cantar esa canción que tanto me gusta, si no fuese por Joe, que nunca quiso cambiar la chatarra desafinada que tenía por trompeta, la banda hubiese sido una joya, estúpido Joe, pero al final no era tan importante, el lo sabía, vos eras la que los hacía grandes, con esa voz de hembra brava, apasionada, esos rizos negros, los ojos vivos, esa piel ébano, ese espíritu de hacer las cosas a como diera lugar, esa manía de cantar a todas horas del día, con la misma frecuencia y fuerza con la que hacíamos el amor. No se si quería irme, en el fondo sabía que conmigo nunca ibas a salir de los sótanos ruidosos, y los clubes sucios. New Orleans y sus manías, su música, su jazz, y vos, ya no eran tan felices, la guerra era la guerra, aunque nosotros ya la vivíamos desde antes, desde que éramos esclavos.

Cobarde manía la mía, nunca pude despedirme, por que me hacía débil, así que solo escuché la canción de esa voz a punto de quebrarse, casi de lamento - Walk alone New Orlean’s alley that night, for last time- jale el cigarrillo una última vez - Please, baby please,- tiré la colilla al suelo, y percibí un tono desgarrado, sin desafinar, como un adiós, que solo yo podía escuchar. - Play to me that immortal blues just one more time – ni siquiera Bessie Smith podía cantar tan hermoso, ni si quiera la voz de ella me partía así el alma, no era la despedida lo que me mataba por dentro, era que a donde iba no escucharía esa voz.

Salí del club, caminé solitario aquel callejón de New Orleans por última vez, pero el Blues, jamás dejó de sonar.

martes, 30 de junio de 2009

Prisionero del 73

En memoria de :Victor Jara y Harald Edelstam.


“Cayó mortalmente herido de un machetazo en la guitarra
pero aún tuvo tiempo de sacar su mejor canción de la funda
y disparar con ella contra su asesino
que pareció momentáneamente desconcertado
llevándose los índices a los oídos
y pidiendo a gritos
que apagaran la luz.”
Roque Dalton

Cuando llegué a la embajada me encontré a Ramiro, nunca podré describir la alegría de ver a uno de los propios, no es que acá en Chile la gente sea diferente, pero ver a un amigo, un conocido entre tantos desconocidos que habíamos, si hubiese tenido lagrimas juro que hubiera llorado ese día. Todos habíamos bajado corriendo del camión, y recibimos abrazos de personas a las que nunca antes les habíamos hablado, como cambia a la gente la tristeza, y es que no había otra cosa que recorriera las calles de Santiago que no fuera tanques o tristeza. Ramiro me miró, me ofreció un cigarrillo, creo que era su forma de abrazarme, de sentir la misma alegría de saber que aún estábamos vivos. Me miró como nunca más lo volviera hacer con una mirada penetrante que sin preguntarme nada me hizo recordar todos los detalles, como, cuando, por qué, no pude decir ni un palabra, sin quitar la mira preguntó finalmente :

- ¡Pero decíme che!, ¿Los tenían presos?-.


Pero carajo presos éramos todos, desde el tipo aquel de los volantes, hasta el teniente que comandaba las acciones dentro del Estadio, unos más presos que otros, creo por fin que los menos presos éramos nosotros, a los que ponían en fila para fusilar, igual podíamos gritar con todos lo huevos -Pinochet hijo de puta-, igual haríamos fila para ser fusilados, mientras que uno de esos con rifle en mano, no era ni capaz de contrariar una orden de un cabo, de un teniente, de un sargento, no podía ni siquiera titubear por que ahí mismo caían con un tiro en la frente por traidor.


– Si, todos presos – fue lo único que atiné a contestarle, nunca me faltaron tanto las palabras, todos presos fácil repuestas, pero no sabía decirle que no éramos prisioneros como cuando estaba en la cárcel en Uruguay, por subversivo, total allá nos daban comida, y a mí me salían las palabras, no como al tipo que compartió celda conmigo hace años ya, yo con un asesino y para colmo ni hablaba, solo una vez le hablé y le pregunté por que lo habían hundido, me dijo que mató a su mujer por que pensó que estaba en una pesadilla. Tremenda pesadilla colectiva de delirios de poder y de mierda la de estos militares.


Sentí solo la sacudida que Ramiro me hizo sujetándome de los hombros, - Pero Federico, che, poneme atención, decíme ¿Cuántos eran? -
¿Cuantos éramos? muchos pensé, me lleve las manos a los bolsillo, registrando, recordé el papel aquel, lo saque, lo ojee. – Éramos cinco mil – le dije.
-¿Y ese papel?- me pregunto.
-Me lo dio uno de los prisioneros, hace un par de días-
-Pero ¿Quién? ¿Vos lo conocés?- insistió
-Un tipo que agarraron en la Universidad también- para que decirle que al tipo le partieron las manos a patadas, luego que lo que vieron con el bolígrafo en la mano, por suerte para mí que no vieron cuando recién me daba el papel para que lo guardara, suerte para mí que no me revisaron, suerte para nosotros los Uruguayos que llegó el tipo este Sueco, no hacía falta decirle que al tipo luego se lo llevaron adentro a una de las cámaras y no lo volvimos a ver, bien pudo haber salido en algún otro camión, bien pudo haber recibido cuantos tiros le diera gana, si sonaban las ráfagas, a cada momento. –Creo que se llama Víctor, lo vi cantar una vez en la Universidad – le dije, recordé.


Ramiro me arrebató el papel y leyó en voz alta:
“Somos cinco mil en esta pequeña parte de la ciudad. Somos cinco mil ¿Cuántos seremos en total en las ciudades y en todo el país? Solo aquí diez mil manos que siembran
y hacen andar las fábricas. ¡Cuánta humanidad con hambre, frío, pánico, dolor, presión moral, terror y locura!"
.


-Federico, Che, esto es una mierda, es una cuidad de prisioneros- me dijo desesperado.
-Pero algunos son menos prisioneros- le dije, ya empezaba a recuperar mi elocuencia -todavía no hay cárceles para las palabras de un poeta-.
-Tampoco hay cárceles para una canción- me dijo, mientras que por primera vez en varios días ambos sonreíamos.


Fotos tomadas de: http://futbolrebelde.blogspot.com/2008_11_01_archive.html

Pesadillas

Sleep and His Half Brother Death
John William Waterhouse
Vos me pedís así no más que te explique mis pesadillas, por un carajo no, nunca la vas a entender, yo se que no, que vas terminar temiéndome. Claro que yo sé, vos sos la única que me antendés en las noches, me calmás con toda la paciencia del mundo cuando tengo pesadillas, no se si te has dado cuenta, en las últimas semanas se han vuelto más seguidas e intensas. Pero eso no te da derecho a reprocharme a decir que no confío en vos, pero claro que confió vos, si sos la única.

No se que pasa, por que ahora es casi cosa de cada noche, soñar así, de esa manera asquerosa esas imágenes, que vos no ves, pero que si lo hicieras, te congelaría los píes y seguro que te revuelven el estómago.

Antes y con un cigarro para dormir y listo, todo era calma sin sueños, o de esos sueños tan monótonos que vos ni te acordás al levantarte, pero ya no. ¿Será que me estoy haciendo más pendejo?

Si me quedo dando vueltas en la cama, ya después de la una todo se hace tremendamente lento, insoportable, y vos recriminándome, como si fuera culpable de soñar semejantes groserías, ya no llorés, yo se que desde que empezaron las putas pesadillas, todo es peor, y que en fin son meses sin hacer el amor. Pero es que así empiezan como sueños hermosos vos y yo haciendo el amor.

Pero por qué querés que te cuente más si nada va a resultar de ahí, si es claro que tengo miedo, por que es como si las viviéramos, vos discutiéndome, y yo insistiendo, déjame en paz por una vez, que si seguimos así voy a perder los estribos, y por la gran puta que me voy a golpes contra vos, si así como en los sueños.

Dejá de insistir, no me metás en la pesadilla de lleno, que con un golpe no ha pasado nada, dejá de llorar ya pendeja, que así es como llorás en mi sueños, y yo no los quiero vivir, pero si seguís así, no me va a quedar otra, seguir golpeándote, por boba, y si al fin yo se que no esta bien, pero vos no me quisiste escuchar, te dije dejáme en paz, y vos, si yo se vos sos la única, que me entiende y que me perdona, si te golpeo, pero ya no es una pesadilla, es despierto, y vos gritás insoportable, no entendés que estoy confundido.

Talvés si así con el cuchillo, pueda mostrarte que estamos en una pesadilla nada más que vos sangrás pero no de verdad no más así en un plano de sueños, que se acaban vos y yo abrazados antes que yo empiece a gritar por soñar que te estrangulaba.

Ya ahora sabés sobre que eran mis pesadillas, yo que no quería decirte pero vos insistís tanto, ya dejame en paz, no grités que es un sueño, que si gritrás tendré que ponerte la manos en el cuello nada más para que reaccionés pero puedo apretar, sostener el aire delicado, que repirás vos, que sos la única.

Por un carajo, no entendés que la pesadilla es despertar cada día y preguntarme si en realidad te maté, y hoy precisamente te encuentro en la cama, a vos y al cuchillo, sangrando como en el sueño, vos con marcas en el cuello, sin respirar, vos que sos la única, pero te despertás cuando me oís gritando, y me pedís que te cuente sobre mis pesadillas.

domingo, 10 de mayo de 2009

Como el Coronel Aureliano Buendía

"Muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento, el coronel Aureliano Buendía había de recordar aquella tarde remota en que su padre lo llevó a conocer el hielo...." - Cien años de Soledad


Vos soltás una risa sencilla y me decís “ok…” como que no creés en lo que digo, pero claro que me siento como el Coronel Aureliano Buendía, talvés te reís, por que no entendés bien, no la historia, por que en esos ojos veo que conocés bien el pueblito de macondo, sin embargo no concés mi historia, ni mi pueblo, ni mis amores ni mi soledad.

Púes claro que me siento como él, si ser presuntuoso, lo que pasa es que muchas veces nadie se da cuenta que el Coronel fue el más triste y desdichados de los Buendía, envés de admiración una profunda tristeza que tiende a lástima es lo que me recorre el corazón.

¿No ves acaso que cada cuento que escribo es como un pescadito de oro, que no busca más que perpetuar esta soledad, cíclica, triste? Vos no me entendés, pero permitime contarte por que soy como él.

Es sencillo cada guerra que he peleado la he perdido, el treinta dos, yo no se cuantas, pero se que aún me faltan. Él así decidido, confrontado siempre por un destino así de cabrón que no lo deja ni siquiera suicidarse. Luchando siempre contra lo inluchable, contra lo intangible, contra lo mágico, contra los propios, sosegado solo por su madre, cuando es aún capaz de fusilar a lo más cercano a un amigo.

No, no te riás, te prohíbo que lo hagás, por que lo que digo es serio, yo a él lo comprendo, por que de la misma manera que no puede mitigar su soledad yo no mitigo la mía. Por un carajo, sufriendo cada día por una mocosa, que aún se orinaba en la cama, ves hasta eso, yo aún sufro por una mocosa, caprichosa.

No me digás que no es cierto, algo sabrás de soledad, pero yo que he estado solo, aún cuando comparto la cama con mujeres, de una noche. Y luego hijos-fantasmas del pasado, que caen muerto por mis propios juramentos.

Vos no sabés, pero si te cuento esto es por que aunque no lo créas sos la única persona, con la que no me siento en soledad, vos me liberás de mis pescaditos de oro, de mis guerras civiles y de la mocosa muerta. Pero si te quisiera, sería como aferrarme a un árbol o irme a la mar, para morir como un José Arcadio.

No es que prefiera mi soledad a vos, es que los Aurelianos no sabemos querer, al fin de cuentas yo me iré a morir tranquilo, sin decir una palabra, así abandonaré su memoria, así como morimos los Aurelianos.