miércoles, 14 de julio de 2010

Isla de tres muertos


¿Han visto una isla en el mar, cuando uno se dirige hacia ella? ¿Cómo uno no nota irse acercando en la lancha? El monolito parece tan distante, estático y de pronto sin ir percatándose uno de su terrible presencia simplemente está así, tan cercana, tan inabarcable, como una montaña imponente en medio de un desierto de dunas azules, resplandecientes, que no puede evadirse, que aún desviándose kilómetros antes de estar en sus playas, acapara el paso lo mismo para una lancha insignificante que para un extinto trasatlántico.

Y es que así es el mar, tan infinito y misterioso que ni siquiera uno que ha vivido más tiempo en el vaivén de las aguas que en los tristes suelos moribundos se acostumbra a lo que ve: los barcos, los peces, los monstruos, los muertos, lo que no se ve pero eriza la piel, el sabor de la brisa salda. Por ello y ante la incredulidad de aquellos que no reconocen la grandeza intrascendente del Océano, deseo explicar lo que me sucedió y lo que está por suceder.

Recuerdo que cerca de dieciochos horas de estar adentrándonos en aguas desconocidas pero aún en territorio costarricense, vimos aquella isla que en pleno siglo XXI era ridícula la sola idea de no estar descubierta: mapas, satélites, GPS nos daba crédito de lo contrario, un trozo de tierra anacrónico enclavado fuera del tiempo y espacio conocido, empezó a aparecer frente a los ojos de la tripulación y del capitán un Chino tan asombrado como nosotros de ver aparecer una tierra desconocida, lo absurdo estaba sin embargo aún por ocurrir cuando navegamos otras dieciocho horas a velocidad constante hacía la muralla verde que no parecía crecer más por mucho que nos estuviéramos acercando, no hicieron falta todas las horas para llegar a un punto de histeria, de incomprensión de aquello que bien era inalcanzable por los azares de Dios, la magia, o la paranoia que nos consumía.

Tal vez no suene tan aterrador, pero era esa precisa sensación en todos y cada uno de los pescadores de la nave, no fue que la isla hubiera aparecido solo por que si ante nuestros ojos, fue otro el efecto de ver aquel montículo apenas perceptible a la distancia ir emergiendo al ritmo de los motores que de un momento a otro se detuvo como un animal prehistórico y tímido que solo se dio el capricho de asomar su lomo gigantesco, sin la necesidad de revelar los confines de su cuerpo de Cipactli primigenio.

Fue así como la distancia que los viejos y experimentados navegantes calcularon de cincuenta kilómetros se fue haciendo permanente al principio durante unos minutos, pero luego de horas, los motores que no dejaron de trabajar, no parecieron moverse con respecto a la isla, pero si respecto al mar, el viento, los bancos de peces y las corrientes, no parecía que persiguiéramos llegar a las playas de aquel monstruo de tierra y selva, era más bien como si nos remolcara, jalándonos con una cadena tensa y milenaria que no tardaría en romperse.

Nunca llegamos a la isla, que dejó de ser un objetivo efímero y curioso para ser una obsesión, el capitán y todos nosotros tripulantes inexpertos juntos con los viejos de larga espuela teníamos resuelto llegar allá aunque el miedo de aquel fenómeno inexplicable nos hiciera creer que íbamos a llegar a la mismísima morada del diablo.

Fue cuando se desató el infierno, no por que apareciera el Belcebú y sus cortes sulfurosas, sino por que alguien señaló de culpable de la maldición de no poder llegar hasta nuestro nuevo destino a un tipo cuya mujer supuesta bruja de un barrio de Puntarenas le había echado un mal de ojo a la desvencijada embarcación.

El hombre no tardó en replicar que su mujer no era bruja y que la acusación la hacía el otro tripulante solo por una negligente envidia por él tener una mujer que no salía de su casa, mientras que la de él era a todas voces puta, puesto que era bien sabido que se revolcaba con otro fulano. Bastó eso para que los dos se rajaran a golpes, y que una vez disuelta la pelea por todo el resto de la tripulación, el de la mujer puta fuera a buscar el cuchillo de destripar pescados para apuñalar al de la mujer bruja en un descuido, justo antes de que endemoniadamente buscara sus propias venas para probar le filo del cuchillo.

Con dos tripulantes desangrándose y una isla que seguía a cincuenta kilómetros sin importarle que hubiéramos avanzado por casi dos días hacía ella, no quedó mayor opción que retornar al puerto, sin la pesca, sin una prueba tangible de isla, y con dos piltrafas humanas a un paso de la muerte. Uno de los dos no preciso cual murió un día antes de llegar al puerto, el otro lo hizo solo tres horas antes de desembarcar.

Explicamos mucho, sin que se nos creyera una palabra, por eso anoche alquilé una lancha, la cual carga suficiente combustible para un viaje de una semana, busque a la viuda que en efecto resultó ser bruja a la cual le pedí un amuleto contra el mal de ojo, ya todo está listo para el viaje, hay misterios en el mar que valen la vida de todos los seres de la tierra, le pedí a la otra viuda que me acompañara, cabe aclara que ella no era puta, aunque le era infiel a su marido, de cualquier manera ya teníamos planeado fugarnos una vez que desembarcara, sin embargo ya no íbamos para San José, íbamos para una isla desconocida, nunca me imaginé que el hombre fuera a reaccionar así cuando le explique lo de su mujer, o como se lo había dicho: “de mi mujer”. Recordé llevar también un cuchillo afilado, por si aquel misterio del mar me exigía una vida más para ser revelado.