miércoles, 3 de marzo de 2010

La muerte del Rey Lapa

Cuando lo conocí tenía treinta y ocho años, era el Blu (vocablo Huetar, para su líder político y religioso, por extensión militar) de la nación de Suinse en la tierra de Ará (lo que se conoce ahora como Talamanca).

"Fallo que de condenar al dicho Pablo Presbere, por lo que contra él está probado, sin embargo, de la negativa que tiene hecha en su confesión”.

Estaba siedno condenado por asesinar a dos frailes, representantes de un Dios que permitía que nos golpearan como bestias, que no tuvieron piedad de matar, de violar, de destruir la tierra bendita de Ará.

“Que sea sacado del cuarto donde le tengo preso y puesto sobre una bestia de enjalma y llevado por las calles públicas de esta ciudad con voz de pregonero que diga y declare su delito”.

Pa – Blu, no era hombre de delitos, era un santo ser, jefe de la tierra y los hombres de Ará, sabio, poderoso, majestuoso, espíritu libre, como el nombre que se le había dado Pa (que significa Lapa), no mató por gusto, no destruyó casas y templos por que sí, era la única manera de liberar a su gente.

"Y estramuros de ella, arrimado a un palo, vendado los ojos, ad módum deli sea arcabuzceado, atento a no haber en ella verdugo que sepa dar garrote".

Pendejos hombres blancos, pendejo su Dios destructor de los hombres Sunsines, que en su ira hizo que aparecieran los doscientos hombres que luchaban por la libertad escondidos en el monte, todos ellos fueron atados por lo la muñecas y pies y llevados a pie hasta Cartago, muchos se liberaron en el camino, llamados por los vientos o por la aguas, pero abandonando su cuerpos, más Pa-Blu llegó Cartago, mientras los hombres de Ará eran repartidos por los españoles, y los apresados eran asesinados por los arcabuces, Pa-Blu fue el último en morir.

"Y luego que sea muerto le sea cortada la cabeza y puesta en alto que todos la vean en el dicho palo".

La última vez que lo vi no era ya el Blu, por que no estaba con los hombres de esta tierra, su cabeza altiva miraba a un triste futuro, sus ojos sin vida me miraban desde lo alto de la plaza de Cartago. Ese día ni el tigrillo, ni el pizote, ni la danta se atrevieron a salir, ni si quiera el jabalí, el quetzal calló, también lo hizo la lora y el perico. Ese día, los montes de Ará se sumieron en un profundo silenció, ni la hormiga bala trabajó por la tristeza, solo una Lapa, se atrevió a gritar desgarrando el silencio en lo alto de cielo, roja, majestuosa, cruzó Sunsine, el Rey Lapa estaba triste, furioso, pero era libre por fin.

Era un hombre nada más


El chofer le abre la puerta y él sube silente, seguro de su propia gloria, su propio poder, treinta años, y la ciudad lleva su nombre, sonríe de orgullo, el orgullo de atemorizar, matar, manipular. Claro que se siente valiente, por si fuera poco su investidura, el revolver calibre treinta y ocho, barril de seis tiros cargados, herramienta eficaz, fálica para reforzar su propia virilidad, apenas diezmada, por los estúpidos espasmos que no lo dejan controlar su propio esfínter, - Puedo mandar a un país entero, manipular al los Estados Unidos, al Vaticano, pero puta no puedo controlar si puedo o quiero cagar-.

Tanto poder y no poder cambiar la ruta de un viaje repetido a lo largo de dos años, de casa de mamá Julia a San Cristóbal a ver a una de sus tantas mujeres, que no puede complacer si no solo por que tiene a su disposición todo el país para ofrecerle. Tanto que puede poner en sus manos, pero no poder dejarla satisfecha con su sexo, tan fugaz como un suspiro -Puta, más grande- le dice como si fuera ella culpable. Sin embargo para su petulancia no hay nada imposible, lo que no logra excitar una mujer, lo logrará una ronda de metralla fusilando pendejos, pidiéndole a Abbes García que siga torturando traidores.

El Chevrolet Belair, continúo su camino, sin detenimientos, sin remordimientos, tan rápido y efectivo como la maquinaria asesina del régimen, sus policías y sus “cepillos”, y la horda de diputados y políticos pusilánimes que permitían que toquetearan a sus hijas y esposas solo para quedar bien con el jefe. El freno sonó, el chofer lo miró con cara de pánico, un Oldsmobile ligeramente orillado encendió las luces, y suena la primera detonación.
Sacó su revolver, y las detonaciones se hicieron constantes, el hombre que comanda al ejército más grande de América Latina, hace frente a su infeliz revolución, siete tipos con armas tan disímiles como los siete diferentes orígenes y motivos que los llevaron a todos a estar ahí. Pero no cree ser un cobarde, salé a luchar sin mayor manipulación que la del dedo en el gatillo de su falo ideológico, seis tiros. Una mariposa nocturna se posa paciente en el revolver tendido ahora en el suelo.

Sonríe con un cinismo tan grande como su ego, mientras de la Antonio de la Maza le impacta en el pecho el tiro de gracia. Piensa Antonio: -Después de todo era un hombre nada más, tan mortal como cualquiera de nosotros. No se ocupó ni una invasión, ni una bomba, ni a los gringos, ni a ningún hijo de puta.-

Lo irónico sin embargo fue que un muerto persiguiera y asesinara a diecinueve de los fulanos involucrados. Antes de acabar con los últimos infelices que ejecutaron su muerte, tuvo que verlos convertidos en héroes, condecorados por la misma mano que una semana antes firmaba cuanto aquel cadáver solicitara.

«El pueblo celebra con gran entusiasmo la Fiesta del Chivo el treinta de mayo.»