miércoles, 3 de marzo de 2010

Era un hombre nada más


El chofer le abre la puerta y él sube silente, seguro de su propia gloria, su propio poder, treinta años, y la ciudad lleva su nombre, sonríe de orgullo, el orgullo de atemorizar, matar, manipular. Claro que se siente valiente, por si fuera poco su investidura, el revolver calibre treinta y ocho, barril de seis tiros cargados, herramienta eficaz, fálica para reforzar su propia virilidad, apenas diezmada, por los estúpidos espasmos que no lo dejan controlar su propio esfínter, - Puedo mandar a un país entero, manipular al los Estados Unidos, al Vaticano, pero puta no puedo controlar si puedo o quiero cagar-.

Tanto poder y no poder cambiar la ruta de un viaje repetido a lo largo de dos años, de casa de mamá Julia a San Cristóbal a ver a una de sus tantas mujeres, que no puede complacer si no solo por que tiene a su disposición todo el país para ofrecerle. Tanto que puede poner en sus manos, pero no poder dejarla satisfecha con su sexo, tan fugaz como un suspiro -Puta, más grande- le dice como si fuera ella culpable. Sin embargo para su petulancia no hay nada imposible, lo que no logra excitar una mujer, lo logrará una ronda de metralla fusilando pendejos, pidiéndole a Abbes García que siga torturando traidores.

El Chevrolet Belair, continúo su camino, sin detenimientos, sin remordimientos, tan rápido y efectivo como la maquinaria asesina del régimen, sus policías y sus “cepillos”, y la horda de diputados y políticos pusilánimes que permitían que toquetearan a sus hijas y esposas solo para quedar bien con el jefe. El freno sonó, el chofer lo miró con cara de pánico, un Oldsmobile ligeramente orillado encendió las luces, y suena la primera detonación.
Sacó su revolver, y las detonaciones se hicieron constantes, el hombre que comanda al ejército más grande de América Latina, hace frente a su infeliz revolución, siete tipos con armas tan disímiles como los siete diferentes orígenes y motivos que los llevaron a todos a estar ahí. Pero no cree ser un cobarde, salé a luchar sin mayor manipulación que la del dedo en el gatillo de su falo ideológico, seis tiros. Una mariposa nocturna se posa paciente en el revolver tendido ahora en el suelo.

Sonríe con un cinismo tan grande como su ego, mientras de la Antonio de la Maza le impacta en el pecho el tiro de gracia. Piensa Antonio: -Después de todo era un hombre nada más, tan mortal como cualquiera de nosotros. No se ocupó ni una invasión, ni una bomba, ni a los gringos, ni a ningún hijo de puta.-

Lo irónico sin embargo fue que un muerto persiguiera y asesinara a diecinueve de los fulanos involucrados. Antes de acabar con los últimos infelices que ejecutaron su muerte, tuvo que verlos convertidos en héroes, condecorados por la misma mano que una semana antes firmaba cuanto aquel cadáver solicitara.

«El pueblo celebra con gran entusiasmo la Fiesta del Chivo el treinta de mayo.»

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