"Muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento, el coronel Aureliano Buendía había de recordar aquella tarde remota en que su padre lo llevó a conocer el hielo...." - Cien años de SoledadVos soltás una risa sencilla y me decís “ok…” como que no creés en lo que digo, pero claro que me siento como el Coronel Aureliano Buendía, talvés te reís, por que no entendés bien, no la historia, por que en esos ojos veo que conocés bien el pueblito de macondo, sin embargo no concés mi historia, ni mi pueblo, ni mis amores ni mi soledad.
Púes claro que me siento como él, si ser presuntuoso, lo que pasa es que muchas veces nadie se da cuenta que el Coronel fue el más triste y desdichados de los Buendía, envés de admiración una profunda tristeza que tiende a lástima es lo que me recorre el corazón.
¿No ves acaso que cada cuento que escribo es como un pescadito de oro, que no busca más que perpetuar esta soledad, cíclica, triste? Vos no me entendés, pero permitime contarte por que soy como él.
Es sencillo cada guerra que he peleado la he perdido, el treinta dos, yo no se cuantas, pero se que aún me faltan. Él así decidido, confrontado siempre por un destino así de cabrón que no lo deja ni siquiera suicidarse. Luchando siempre contra lo inluchable, contra lo intangible, contra lo mágico, contra los propios, sosegado solo por su madre, cuando es aún capaz de fusilar a lo más cercano a un amigo.
No, no te riás, te prohíbo que lo hagás, por que lo que digo es serio, yo a él lo comprendo, por que de la misma manera que no puede mitigar su soledad yo no mitigo la mía. Por un carajo, sufriendo cada día por una mocosa, que aún se orinaba en la cama, ves hasta eso, yo aún sufro por una mocosa, caprichosa.
No me digás que no es cierto, algo sabrás de soledad, pero yo que he estado solo, aún cuando comparto la cama con mujeres, de una noche. Y luego hijos-fantasmas del pasado, que caen muerto por mis propios juramentos.
Vos no sabés, pero si te cuento esto es por que aunque no lo créas sos la única persona, con la que no me siento en soledad, vos me liberás de mis pescaditos de oro, de mis guerras civiles y de la mocosa muerta. Pero si te quisiera, sería como aferrarme a un árbol o irme a la mar, para morir como un José Arcadio.
No es que prefiera mi soledad a vos, es que los Aurelianos no sabemos querer, al fin de cuentas yo me iré a morir tranquilo, sin decir una palabra, así abandonaré su memoria, así como morimos los Aurelianos.
Púes claro que me siento como él, si ser presuntuoso, lo que pasa es que muchas veces nadie se da cuenta que el Coronel fue el más triste y desdichados de los Buendía, envés de admiración una profunda tristeza que tiende a lástima es lo que me recorre el corazón.
¿No ves acaso que cada cuento que escribo es como un pescadito de oro, que no busca más que perpetuar esta soledad, cíclica, triste? Vos no me entendés, pero permitime contarte por que soy como él.
Es sencillo cada guerra que he peleado la he perdido, el treinta dos, yo no se cuantas, pero se que aún me faltan. Él así decidido, confrontado siempre por un destino así de cabrón que no lo deja ni siquiera suicidarse. Luchando siempre contra lo inluchable, contra lo intangible, contra lo mágico, contra los propios, sosegado solo por su madre, cuando es aún capaz de fusilar a lo más cercano a un amigo.
No, no te riás, te prohíbo que lo hagás, por que lo que digo es serio, yo a él lo comprendo, por que de la misma manera que no puede mitigar su soledad yo no mitigo la mía. Por un carajo, sufriendo cada día por una mocosa, que aún se orinaba en la cama, ves hasta eso, yo aún sufro por una mocosa, caprichosa.
No me digás que no es cierto, algo sabrás de soledad, pero yo que he estado solo, aún cuando comparto la cama con mujeres, de una noche. Y luego hijos-fantasmas del pasado, que caen muerto por mis propios juramentos.
Vos no sabés, pero si te cuento esto es por que aunque no lo créas sos la única persona, con la que no me siento en soledad, vos me liberás de mis pescaditos de oro, de mis guerras civiles y de la mocosa muerta. Pero si te quisiera, sería como aferrarme a un árbol o irme a la mar, para morir como un José Arcadio.
No es que prefiera mi soledad a vos, es que los Aurelianos no sabemos querer, al fin de cuentas yo me iré a morir tranquilo, sin decir una palabra, así abandonaré su memoria, así como morimos los Aurelianos.