El Alcohol lo había golpeado de una manera rara, no era el típico sopor estupidizante, había algo más en él, algo ritual que lo unía a la chicha y al pulque de sus ancestros milenarios, buscaba nublar la consciencia copa tras copa y en medida que lo intentaba lograba el efecto rotundamente contrario, al alcohol afinó sus sentidos, se sentía vivo como nunca lo había hecho, clarificó las ideas de su mente, bebió un trago más y sintió la maravillosa conexión del hombre y el universo, su corazón palpitaba acelerado, en un éxtasis casi infinito. Un trago más, le permitió fluir con el cosmos, los planetas alineados y sus órbitas perfectas. Otro más que bebió le hizo entender todo lo que trascendía lo humano, las fuerzas del universo se convirtieron en garabatos explicados por un niño sencillo y lúcido.
-Otro más – le gritó al cantinero malencarado, que le sirvió sin reparo el que habría de ser su último trago, al tocar el pequeño vaso de vidrio, sintió los átomos que circulaban en él, alrededor de él, desde y hacia él, percibió la energía y la materia que componía todo en las formas más disímiles y particulares, la barra del bar, el bar, las putas sentadas en la mesa bebiendo alegres con un viejo que no se podía imaginar lo que estaba por acontecerle. Se acercó el vaso a los labios, vio más allá de la cantina, de las calles y avenidas de San José, de Costa Rica, de un punto pequeño en la pequeñez del mundo y de la grandeza de todo aquello que estaba afuera de él, bebió rápido el líquido, y tuvo en un instante el conocimiento de todo, lo entendió todo, lo abarcó todo, lo que nadie había podido responder era ahora de su posesión.
Había llegado a un estado de consciencia tan elevado y perfecto, que solo podía sentir felicidad y terror en dosis tan poderosas que lo reventaban por dentro, que debían salir de él y que a través de una contracción en el abdomen tan violenta y rápida no pudo más que vomitar: el conocimiento de los astros milenarios, todo lo que había sido y lo que iba a ser, vomitó entonces con todo su fuerza, antes de desplomarse del banco renco en que se había sentado. Nadie oyó murmurar lo que dijo, no solo por el ruido de las arcadas sino por el asco que producía en todos el descomunal vómito que lo hizo caer de espaldas, nadie lo oyó murmurar: - Lo sé, lo sé todo -, entre el ruido y el nauseabundo olor de aquella sustancia que ahora le cubría el cuerpo.
Antes de morir sintió lástima de sí mismo, nadie iba nunca a saber que había desentrañados los secretos de la vida y la muerte y todo lo que está por encima de eso.
En el reporte policial, se especificó solamente la muerte de un borracho por presunta intoxicación. Con este ya son tres en lo que va del año…
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