jueves, 27 de enero de 2011

Hasta la última nota de la canción


"Dado el efecto narcotizante de un evento reciente"

La conocí en el Jazz Café, yo fumaba en la barra, mientras me tomaba una cerveza esperando que el concierto iniciara, cuando casi me estaba arrepintiendo de haber salido ese día más cuando el concierto ya se había atrasado casi media hora, bebía a grandes sorbos, esperando que la cerveza se consumiera lo más rápido, en ese momento ella entró, se dirigió a las sillas vacías en la barra justo al lado mío, me pregunto si estaba ocupando el campo. –Me llamo Norma- me dijo, yo sonreí, se me acercó y me dijo que le gustaba mi camiseta (de Led Zeppelin, algo curioso para un concierto de música tropical).
- Soy Marcos – le solté con la mayor parsimonia, no eran más que ¿nervios? No lo sé, estado autómata me imagino.

Bailamos la mitad del concierto, no porque yo lo quisiera, es decir sí lo quería, pero ella fue la que se atrevió a decirme que saliera de mi noctámbulismo, la música daba para más que quedarse ahí sentado, por supuesto, pero yo no era – o soy – de esos que sacan a una mujer a bailar, menos a una como Norma.

Me despedí, beso tímido, me insinuó que no se iba a olvidar de mí. Esa noche soñé con ella, calculo que me llevaba al menos cinco años, poco me importó, la deseaba, la deseaba tanto que no dormí esa noche, me quemaba en deseo, en una vigilia lánguida, que entre la realidad y el sueño acabé pensando en ella, en ir a su casa, bajarnos del taxi a penas pagar la tarifa y ni siquiera esperar el vuelto, nos consumíamos de la ganas de amanecer juntos.

- Me llamo Norma – me dijo, me sonrío y dijo algo de la camiseta de Led Zeppelin que andaba puesta. Lego de algunas cuatro cervezas vacías que dejé en la barra ella me sacó a bailar, no fue que me preguntó - ¿Bailamos? – fue más sutil, desde la pista donde bailaba sin pareja, ella, al igual que muchos otros aficionados al contoneo de formas y sudores me hizo una especie de mueca, sonrío, murmulló un – Venga – en sus ojos me decía que no le tuviera miedo, yo no le tenía miedo, desde que la vi dirigirse a la barra, entendí en ella una fuerza hembra primitiva (no, no me malentienda, no se trata de verla como una mujer de la cavernas) algo así como una mujer consciente de su propio libido, dueña de su propio cuerpo, salí a bailar, total todos lo hacía a su forma, sin técnica, sin pasos, libres por la pista, dando vueltas erráticas, como un átomo excitado ante la cercanía de otro átomo, los campos de fuerza invisibles, que unen la materia los mismo que liberan enormes cantidades de energía en la fisión, ella era eso, una fisión que emanaba energía, que sonreía, que sonreía mientras me imaginaba que le hacía el amor.

Me figuraba desesperado (casi suplicando que fuera así) que en cualquier lugar que ella estuviera, haría lo mismo, imaginar que yo la besaba, que divagaba en su frente, en su labios, en la nuca, en el sol tatuado en la nuca, que le respiraba en el hombro, mientras acomodaba los labios en la tibieza de la piel, la tibieza de los poros aún abiertos por el sudor inamovible que sucede al baile. Imaginaba que la manos con la que le sostenía la cintura mientras aún nos encontrábamos en el Jazz Café, ahora navegaba en la cintura desnuda, que sujetaba mientras besaba los pechos con desenfreno, mientras buscaba el mecanismo para desplazar el pantalón ajustado, al tiempo que me desprendía yo mismo de la faja, mientras sus manos buscaban también el mismo mecanismo para volver la acción recíproca.

Cuando me despedí le dije – Adiós Norma, si te veo mañana en el concierto te refresco la memoria y te digo: Soy Marcos, el mae que estuvo bailando con vos, ayer – me volqué sobre su mejilla y sentí el aliento jadeante decirme – No hace falta, yo a vos te voy a recordar muy bien -. Y luego una hora después la parafernalia febril me llevó a imaginar el momento preciso de tener al frente el aliento cálido de tequila, cervezas, baile, y sonrisa, que me decía no con palabras sino más bien como un quejido sollozante que salía del pecho – yo a vos te voy a recordar muy bien – que susurraba, pidiendo y ofreciendo al mismo tiempo tanto placer como un cuerpo podía pedir-ofrecer, sí un intercambio de placer, de – Mañana cuando te vea... – y de – no hace falta, a vos te...- que se dejaba perder un gimoteo infinito, cada vez más corto, pero intenso, que iba transitando del pecho a la garganta, cuando recostaba todo el peso de la noche en su cuerpo, adentro de su cuerpo, que se balanceaba con la misma precisión y elegancia con la que bailaba, repartía en su piernas ancladas a mi rodillas, en el vientre cálido, los pezones erectos y la tibieza del cuello del cual brotaba un sudor dulce, todo el choque de deseo acumulado, como intentando reponer todo el tiempo desperdiciado, desde que me dijo: - me llamo Norma, hey que tuanis chema... - hasta cuando me llamó para que bailara con ella.

Me despedí de sus amigos: - Pura vida, gusto conocerlos - aunque no hubiera determinado a ninguno de ellos, desupúes de ella, todos pasaron a segundo plano aún antes de advertir su presencia, pagué la cuenta, salí, tome el taxi, llegue a mi casa, me desplomé en la cama, como un gesto de rabia, encendí el último cigarrillo de la caja, y me imaginé con ella, diciéndole al oído cosas sin decir, gestos, lenguaje primitivo de ese que sale cuando uno regresa al estado más puro de sus instintos, y que al fin y al cabo no importa, despúes de todo el oído y la vista deja de importar en esas situaciones, y el olfato, el gusto y el tacto se vuelven dominantes, en especial el tacto, cuando la piel recibe el estímulo de repetir una y otra vez el movimiento rítmico, arítmico, del baile, de los cuerpos que se acercan hasta estar uno tan cerca del otro que se pierde la frontera de lo que es uno y es otro, que luego se aleja por culpa de aquel pendejo que dijo: “Con toda acción ocurre siempre una reacción igual y contraria: o sea, las acciones mutuas de dos cuerpos siempre son iguales y dirigidas en direcciones opuestas”, pero ya en ese estado de euforia es capaz de mandar al carajo la física y volver a intentar el acercamiento, con más velocidad y más fuerza, como cuando bailábamos unas horas atrás y la pieza terminaba, y entonces con renovada energía repetíamos el paso, o dábamos una vuelta, así igual al saber que la canción de jadeos profundos y los murmullos de placer se va acabando decidimos ambos con un pacto silencioso de un beso acabar la pieza así tuvieramos que entregar la última fuerza de los cuerpos, que se sincronizan, hasta que suena la última nota, la que se extiende demasiado tiempo, pero no importa, es la mejor, es en la que estallan los átomos, del choque primigenio, entonces nos sentimos ambos, más allá de esta vida, y de otras, más allá del bar, del baile, de los conciertos, más allá de cama, de la casa, en un barrio de San José, se es más grande que todo eso, porque no ha existido nunca mayor placer, que a pesar de durar segundos se hace eterno, pero no importa, es la suma de todos lo momentos, la última nota de la canción, entonces salimos del ensimismamiento colectivo, nos miramos, sonreímos cómplices del placer, coautores materiales, aplaudimos, la banda se despide, y al rato yo le digo que me voy, ella me dá un beso enorme, y me dice que se va a acordar de mí. El letargo me confundió, ya no sabía si recordaba que baila o imaginaba que nos hacíamos el amor...

La noche siguiente la encontré en el Jazz Café, ella estaba en la barra, yo me acerqué, le pregunté aún imaginando que ese día si podría materializar todo aquello en lo que había fantaseado - ¿Te acordás de mí? – soltó un risita, y me dijo que no, que estaba segura que no me conocía, me devolví de golpe a la noche anterior, ¿fantaseé todo? Pero no me importó, le sonreí con tranquilidad – Soy Marcos – le dije y agregué – Me encanta esa blusa de Pink Floyd que andás – sonrió agradecida – Me llamo Norma, mucho gusto – me dijo, mientras yo me decidía que desde la primer pieza la iba a sacar para que bailáramos, hasta la última nota, de la última canción.

No hay comentarios: