lunes, 24 de octubre de 2011

Del conocimiento trascendental

Birra

El Alcohol lo había golpeado de una manera rara, no era el típico sopor estupidizante, había algo más en él, algo ritual que lo unía a la chicha y al pulque de sus ancestros milenarios, buscaba nublar la consciencia copa tras copa y en medida que lo intentaba lograba el efecto rotundamente contrario, al alcohol afinó sus sentidos, se sentía vivo como nunca lo había hecho, clarificó las ideas de su mente, bebió un trago más y sintió la maravillosa conexión del hombre y el universo, su corazón palpitaba acelerado, en un éxtasis casi infinito. Un trago más, le permitió fluir con el cosmos, los planetas alineados y sus órbitas perfectas. Otro más que bebió le hizo entender todo lo que trascendía lo humano, las fuerzas del universo se convirtieron en garabatos explicados por un niño sencillo y lúcido.

-Otro más – le gritó al cantinero malencarado, que le sirvió sin reparo el que habría de ser su último trago, al tocar el pequeño vaso de vidrio, sintió los átomos que circulaban en él, alrededor de él, desde y hacia él, percibió la energía y la materia que componía todo en las formas más disímiles y particulares, la barra del bar, el bar, las putas sentadas en la mesa bebiendo alegres con un viejo que no se podía imaginar lo que estaba por acontecerle. Se acercó el vaso a los labios, vio más allá de la cantina, de las calles y avenidas de San José, de Costa Rica, de un punto pequeño en la pequeñez del mundo y de la grandeza de todo aquello que estaba afuera de él, bebió rápido el líquido, y tuvo en un instante el conocimiento de todo, lo entendió todo, lo abarcó todo, lo que nadie había podido responder era ahora de su posesión.

Había llegado a un estado de consciencia tan elevado y perfecto, que solo podía sentir felicidad y terror en dosis tan poderosas que lo reventaban por dentro, que debían salir de él y que a través de una contracción en el abdomen tan violenta y rápida no pudo más que vomitar: el conocimiento de los astros milenarios, todo lo que había sido y lo que iba a ser, vomitó entonces con todo su fuerza, antes de desplomarse del banco renco en que se había sentado. Nadie oyó murmurar lo que dijo, no solo por el ruido de las arcadas sino por el asco que producía en todos el descomunal vómito que lo hizo caer de espaldas, nadie lo oyó murmurar: - Lo sé, lo sé todo -, entre el ruido y el nauseabundo olor de aquella sustancia que ahora le cubría el cuerpo.

Antes de morir sintió lástima de sí mismo, nadie iba nunca a saber que había desentrañados los secretos de la vida y la muerte y todo lo que está por encima de eso.

En el reporte policial, se especificó solamente la muerte de un borracho por presunta intoxicación. Con este ya son tres en lo que va del año…

jueves, 27 de enero de 2011

Hasta la última nota de la canción


"Dado el efecto narcotizante de un evento reciente"

La conocí en el Jazz Café, yo fumaba en la barra, mientras me tomaba una cerveza esperando que el concierto iniciara, cuando casi me estaba arrepintiendo de haber salido ese día más cuando el concierto ya se había atrasado casi media hora, bebía a grandes sorbos, esperando que la cerveza se consumiera lo más rápido, en ese momento ella entró, se dirigió a las sillas vacías en la barra justo al lado mío, me pregunto si estaba ocupando el campo. –Me llamo Norma- me dijo, yo sonreí, se me acercó y me dijo que le gustaba mi camiseta (de Led Zeppelin, algo curioso para un concierto de música tropical).
- Soy Marcos – le solté con la mayor parsimonia, no eran más que ¿nervios? No lo sé, estado autómata me imagino.

Bailamos la mitad del concierto, no porque yo lo quisiera, es decir sí lo quería, pero ella fue la que se atrevió a decirme que saliera de mi noctámbulismo, la música daba para más que quedarse ahí sentado, por supuesto, pero yo no era – o soy – de esos que sacan a una mujer a bailar, menos a una como Norma.

Me despedí, beso tímido, me insinuó que no se iba a olvidar de mí. Esa noche soñé con ella, calculo que me llevaba al menos cinco años, poco me importó, la deseaba, la deseaba tanto que no dormí esa noche, me quemaba en deseo, en una vigilia lánguida, que entre la realidad y el sueño acabé pensando en ella, en ir a su casa, bajarnos del taxi a penas pagar la tarifa y ni siquiera esperar el vuelto, nos consumíamos de la ganas de amanecer juntos.

- Me llamo Norma – me dijo, me sonrío y dijo algo de la camiseta de Led Zeppelin que andaba puesta. Lego de algunas cuatro cervezas vacías que dejé en la barra ella me sacó a bailar, no fue que me preguntó - ¿Bailamos? – fue más sutil, desde la pista donde bailaba sin pareja, ella, al igual que muchos otros aficionados al contoneo de formas y sudores me hizo una especie de mueca, sonrío, murmulló un – Venga – en sus ojos me decía que no le tuviera miedo, yo no le tenía miedo, desde que la vi dirigirse a la barra, entendí en ella una fuerza hembra primitiva (no, no me malentienda, no se trata de verla como una mujer de la cavernas) algo así como una mujer consciente de su propio libido, dueña de su propio cuerpo, salí a bailar, total todos lo hacía a su forma, sin técnica, sin pasos, libres por la pista, dando vueltas erráticas, como un átomo excitado ante la cercanía de otro átomo, los campos de fuerza invisibles, que unen la materia los mismo que liberan enormes cantidades de energía en la fisión, ella era eso, una fisión que emanaba energía, que sonreía, que sonreía mientras me imaginaba que le hacía el amor.

Me figuraba desesperado (casi suplicando que fuera así) que en cualquier lugar que ella estuviera, haría lo mismo, imaginar que yo la besaba, que divagaba en su frente, en su labios, en la nuca, en el sol tatuado en la nuca, que le respiraba en el hombro, mientras acomodaba los labios en la tibieza de la piel, la tibieza de los poros aún abiertos por el sudor inamovible que sucede al baile. Imaginaba que la manos con la que le sostenía la cintura mientras aún nos encontrábamos en el Jazz Café, ahora navegaba en la cintura desnuda, que sujetaba mientras besaba los pechos con desenfreno, mientras buscaba el mecanismo para desplazar el pantalón ajustado, al tiempo que me desprendía yo mismo de la faja, mientras sus manos buscaban también el mismo mecanismo para volver la acción recíproca.

Cuando me despedí le dije – Adiós Norma, si te veo mañana en el concierto te refresco la memoria y te digo: Soy Marcos, el mae que estuvo bailando con vos, ayer – me volqué sobre su mejilla y sentí el aliento jadeante decirme – No hace falta, yo a vos te voy a recordar muy bien -. Y luego una hora después la parafernalia febril me llevó a imaginar el momento preciso de tener al frente el aliento cálido de tequila, cervezas, baile, y sonrisa, que me decía no con palabras sino más bien como un quejido sollozante que salía del pecho – yo a vos te voy a recordar muy bien – que susurraba, pidiendo y ofreciendo al mismo tiempo tanto placer como un cuerpo podía pedir-ofrecer, sí un intercambio de placer, de – Mañana cuando te vea... – y de – no hace falta, a vos te...- que se dejaba perder un gimoteo infinito, cada vez más corto, pero intenso, que iba transitando del pecho a la garganta, cuando recostaba todo el peso de la noche en su cuerpo, adentro de su cuerpo, que se balanceaba con la misma precisión y elegancia con la que bailaba, repartía en su piernas ancladas a mi rodillas, en el vientre cálido, los pezones erectos y la tibieza del cuello del cual brotaba un sudor dulce, todo el choque de deseo acumulado, como intentando reponer todo el tiempo desperdiciado, desde que me dijo: - me llamo Norma, hey que tuanis chema... - hasta cuando me llamó para que bailara con ella.

Me despedí de sus amigos: - Pura vida, gusto conocerlos - aunque no hubiera determinado a ninguno de ellos, desupúes de ella, todos pasaron a segundo plano aún antes de advertir su presencia, pagué la cuenta, salí, tome el taxi, llegue a mi casa, me desplomé en la cama, como un gesto de rabia, encendí el último cigarrillo de la caja, y me imaginé con ella, diciéndole al oído cosas sin decir, gestos, lenguaje primitivo de ese que sale cuando uno regresa al estado más puro de sus instintos, y que al fin y al cabo no importa, despúes de todo el oído y la vista deja de importar en esas situaciones, y el olfato, el gusto y el tacto se vuelven dominantes, en especial el tacto, cuando la piel recibe el estímulo de repetir una y otra vez el movimiento rítmico, arítmico, del baile, de los cuerpos que se acercan hasta estar uno tan cerca del otro que se pierde la frontera de lo que es uno y es otro, que luego se aleja por culpa de aquel pendejo que dijo: “Con toda acción ocurre siempre una reacción igual y contraria: o sea, las acciones mutuas de dos cuerpos siempre son iguales y dirigidas en direcciones opuestas”, pero ya en ese estado de euforia es capaz de mandar al carajo la física y volver a intentar el acercamiento, con más velocidad y más fuerza, como cuando bailábamos unas horas atrás y la pieza terminaba, y entonces con renovada energía repetíamos el paso, o dábamos una vuelta, así igual al saber que la canción de jadeos profundos y los murmullos de placer se va acabando decidimos ambos con un pacto silencioso de un beso acabar la pieza así tuvieramos que entregar la última fuerza de los cuerpos, que se sincronizan, hasta que suena la última nota, la que se extiende demasiado tiempo, pero no importa, es la mejor, es en la que estallan los átomos, del choque primigenio, entonces nos sentimos ambos, más allá de esta vida, y de otras, más allá del bar, del baile, de los conciertos, más allá de cama, de la casa, en un barrio de San José, se es más grande que todo eso, porque no ha existido nunca mayor placer, que a pesar de durar segundos se hace eterno, pero no importa, es la suma de todos lo momentos, la última nota de la canción, entonces salimos del ensimismamiento colectivo, nos miramos, sonreímos cómplices del placer, coautores materiales, aplaudimos, la banda se despide, y al rato yo le digo que me voy, ella me dá un beso enorme, y me dice que se va a acordar de mí. El letargo me confundió, ya no sabía si recordaba que baila o imaginaba que nos hacíamos el amor...

La noche siguiente la encontré en el Jazz Café, ella estaba en la barra, yo me acerqué, le pregunté aún imaginando que ese día si podría materializar todo aquello en lo que había fantaseado - ¿Te acordás de mí? – soltó un risita, y me dijo que no, que estaba segura que no me conocía, me devolví de golpe a la noche anterior, ¿fantaseé todo? Pero no me importó, le sonreí con tranquilidad – Soy Marcos – le dije y agregué – Me encanta esa blusa de Pink Floyd que andás – sonrió agradecida – Me llamo Norma, mucho gusto – me dijo, mientras yo me decidía que desde la primer pieza la iba a sacar para que bailáramos, hasta la última nota, de la última canción.

lunes, 3 de enero de 2011

La literalidad de la nota amarillista



- No es que estas cosas no pasen – dijo y enfatizó: - pasan, pero no existen en verdad, hasta que alguien las informa -. Para él, el mundo era así, nada existía si quedaba en las mentes de unos pocos, el mundo era lo que era y en él había lo que había hasta fuera descrito, comentado, publicado. Es decir que la tierra fue plana hasta el día: no en que alguien finalmente le dio una vuelta, sino hasta que alguien publicó con datos, fechas y descripciones las pruebas contundentes de su redondez, por eso decidió convertirse en comunicador o bien en su propio orden de ideas, creador.

Poco antes de graduarse, tuvo la oportunidad de conseguir un trabajo escribiendo notas de sucesos escasamente relevantes en un diario de circulación nacional medio amarillista (no es que fuera más o menos amarillista sino más bien con uno contenido alineado al promedio de sensacionalismo típico de los canales de comunicación nacionales de aquellos y especialmente estos días). Si bien no le pareció el trabajo más interesante, ni el óptimo lugar para empezar dados los constantes escándalos del periódico cada vez que publicada en primera plana la imagen de un cadáver desangrándose, o los cuerpos sin vida de niños luego de algún desastre natural. (Cosa que se hacía más común a como aumentaban los denuncias de insensibilidad de las fotografías). Sin embargo sentía un placer circunstancial cada vez que su labor lo llevaba a crear una pelea en una cantina capitalina que terminaba con algún sujeto apuñaleado y la intervención de la fuerza pública, el placer provenía claro está, no de los hechos “lamentables” sino de la capacidad de descubrir y probar la existencia de ese bajo mundo creado a altas horas de la noche, articulado entre las notas de prensa “light” que detallaban el último rompimiento amoroso de los lejanos conocidos - o desconocidos – integrantes de una élite social en decadencia y la creación del secreto a voces de un acto de corrupción conocido pero inexistente hasta su publicación, para luego ser fríamente olvidado.

No pasaría mucho tiempo allí hasta que sus mundos se hicieron cortos frente a su capacidad creadora para universos de caos que rondaban (o podrían rondar) las noticias. Fue entonces cuando una madrugada en que todos lo demás redactores se había ocupado ya de sus notas, se dio la información de un cadáver descubierto a la orilla de un río en las afueras de San José. Ese día recibió su oportunidad de crear un suceso mayor a la suma de todas las broncas de cantinas juntas. Lo mandaron con la orden explícita de traer una “buena noticia” lo enviaron de inmediato con el fotógrafo más cotizado del diario, a que trajera los detalles lo más pronto posible para poder incluir la información en la edición que saldría la mañana siguiente.

Entre el ajetreo del personal forense, lo agentes investigación judicial y fuerza pública logró identificar a la persona que encontró el cuerpo, se trataba de una drogadicto no mayor a los veinte años que se había escondido en un matorral a “hacerse una piedra” y que una vez finalizada salió al cauce del río cuyo hedor era perceptible aún en la carretera a unos quinientos metros de distancia del margen.

Logró interrogar rápidamente al muchacho quién le explicó lo sucedido, mientras el fotógrafo pudo a duras penas capturar el cadáver con su lente justo antes que los médicos forenses los pusieran en una bolsa plástica, para ser trasladado hasta la morgue. De lo ocurrido no hubo mayor información, el único testigo del descubrimiento no sabía quién era la víctima puesto que alego no ser de la zona, los oficiales le indicaron las señas básicas del cuerpo: uno ochenta, masculino, con tres impactos de bala en el tórax, y otro en una pierna, podría llevar unas seis horas muertos. Luego le explicó que se conjeturaba, el susodicho había sido asesinado en el lugar, el sospechoso había salido por el matorral y habría podido escapar por la carreta en cualquier dirección. Tomó nota, apuntó todo y luego como acto de desesperación y en caso de que consiguiera más información le dio su tarjeta al agente judicial quién desconcertado por el gesto, la guardó en el bolsillo. Se despidió del agente y llamó al fotógrafo quién fumaba cerca de le escena de crimen, para decirle que se regresaran a la oficina, en aquel lugar ya no había nada por hacer.

Una vez en la sala de redacción y después de haber pasado un incómodo almuerzo durante el cual no pudo comer por el asco recurrente que le causaba la imagen del hombre muerto, terminó de redactar la noticia y la envío al editor quién la aprobó sin mayor algarabía y en el fondo algo decepcionado por no tener más que la historia de un cuerpo encontrado y no el asesinato brutal y feroz con que esperaba rellenar más páginas del tabloide.

Ya para la tarde, la imagen del cuerpo se empezaba a atenuar y dado lo que había para el resto de la tarde daba apenas para el ocio, decidió a manera de ejercicio re-crear la nota, no como parte de su trabajo, mas como un pasatiempo práctico para ejercer su pasión creadora. Procedió entonces a nombrar en primer lugar a la víctima: “José Ramos Sánchez”, nombre genérico y común para salir del paso, en segundo lugar le creó una identidad. “Escritor” pensó sonriendo, “vecino de Tibás…”. Así fue construyendo la historia del asesinato, movido un poco por el propio morbo y contrastándola con una parodia de sí mismo para atenuar lo macabro del ejercicio. Continuó escribiendo “el escritor manejaba su automóvil de regreso a casa, cuando fue interceptado por otro sujeto, el cual se desconoce la identidad. Se presume que trate de una venganza. Fuentes cercanas nos informaron que el autor había recibido amenaza telefónicas de una persona quién acusaba de haber plagiado una obra a la que Ramos había tenido acceso algunos años atrás y que el mismo autor usó como referencia para su última publicación…” había creado entonces un móvil, tan irreverente que se leía digno de película barata, pero tan válido para su juego como lo hubiera sido el móvil real.

“El asesino, lo llevo a la orilla del río y le propinó cuatro disparos con un arma de 9 milímetros…” se dejó llevar por su propia inventiva, una suerte de reto auto impuesto para hacer su mejor nota de un crimen que sin existir estaba creando. “El arma fue encontrada cerca de la escena del crimen, los agentes judiciales indican que la misma puede aportar pruebas de la identidad del asesino.” Pensó en desenvolver la historia, y desenterrar los secretos del culpable, pero se percató de la hora y acto mecánico se sintió casando, como si hubiera pasado varios días despierto, culpó a la indisposición de ver aquel muerto como la causa de la fatiga y decidió regresar a su casa, no sin antes concluir con la nota del escritor: “… padre de familia que deja tres hijos huérfanos…”.
Ya en la noche lo que había parecido un simpático juego, burla a sí mismo y a labor del medio en que trabajaba, se volvió una inquietud, no había imaginado que el asesinato del hombre cuyo cuerpo pálido había visto en la mañana lo hubiera afectado tanto, sentía una lástima infinita de aquel pobre pero sobre todo sentía una curiosidad tremenda de saber quién era ese hombre y por qué había terminado así, recurrió a la intención de olvidar todo lo que había pasado, para intentar dormir, pero no lo logró había transcurrido toda la noche entre un vigilia involuntaria, y algunas imágenes que sin ser un sueño evocaban al cuerpo, a José Ramos y a un arma tirada en un matorral.

Al escuchar el despertador se sintió tan casado como cuando había llegado a su casa, se levantó sin mayor esfuerzo, casi a manera automática, y se puso a hacer el café, para tomarse una taza luego de salir de la ducha. En ese preciso instante escuchó el golpe en la puerta, intrigado por la hora abrió la puerta y de inmediato recordó el rostro de aquel hombre sombrío frente a otros cuatro hombre igualmente sombríos, se trataba del agente judicial, haciendo un gesto de desconcierto pensó que habían obtenido algo sobre el asesinato del día anterior, el pensamiento chocó de pronto con la frase que escuchaba sin poder entender: -Está detenido por el asesinato de José Ramos Sánchez, ponga las manos sobre la cabeza y salga-.

Habían trascurrido cuatro meses desde entonces, el día del litigio el periódico publicó en primera plana, con letras rojas: -Periodista asesino a Juicio- y justo debajo la fotografía que lo mostraba el día del descubrimiento del cuerpo hablando con el drogadicto, y al fondo el cuerpo tapado con un plástico blanco.

El juicio transcurrió lento, desfilaron el arma “9 milímetros” registrada a su nombre y con sus huellas digitales, la lista de llamadas amenazantes realizadas desde el teléfono de su casa, el testimonio de la esposa de la víctima quién decía conocerlo por haber sido compañero de su difunto esposo en la universidad.
Cuando fue llamado a declarar, hizo el juramento luego un silencio que duró varios minutos, en los que las lágrimas se apoderaron de sus ojos, cuando el bullicio en la sala empezó a proliferar dijo: - No es que estas cosas no pasen –y enfatizó: - pasan, pero no existen en verdad, hasta que alguien las informa… -