lunes, 3 de enero de 2011

La literalidad de la nota amarillista



- No es que estas cosas no pasen – dijo y enfatizó: - pasan, pero no existen en verdad, hasta que alguien las informa -. Para él, el mundo era así, nada existía si quedaba en las mentes de unos pocos, el mundo era lo que era y en él había lo que había hasta fuera descrito, comentado, publicado. Es decir que la tierra fue plana hasta el día: no en que alguien finalmente le dio una vuelta, sino hasta que alguien publicó con datos, fechas y descripciones las pruebas contundentes de su redondez, por eso decidió convertirse en comunicador o bien en su propio orden de ideas, creador.

Poco antes de graduarse, tuvo la oportunidad de conseguir un trabajo escribiendo notas de sucesos escasamente relevantes en un diario de circulación nacional medio amarillista (no es que fuera más o menos amarillista sino más bien con uno contenido alineado al promedio de sensacionalismo típico de los canales de comunicación nacionales de aquellos y especialmente estos días). Si bien no le pareció el trabajo más interesante, ni el óptimo lugar para empezar dados los constantes escándalos del periódico cada vez que publicada en primera plana la imagen de un cadáver desangrándose, o los cuerpos sin vida de niños luego de algún desastre natural. (Cosa que se hacía más común a como aumentaban los denuncias de insensibilidad de las fotografías). Sin embargo sentía un placer circunstancial cada vez que su labor lo llevaba a crear una pelea en una cantina capitalina que terminaba con algún sujeto apuñaleado y la intervención de la fuerza pública, el placer provenía claro está, no de los hechos “lamentables” sino de la capacidad de descubrir y probar la existencia de ese bajo mundo creado a altas horas de la noche, articulado entre las notas de prensa “light” que detallaban el último rompimiento amoroso de los lejanos conocidos - o desconocidos – integrantes de una élite social en decadencia y la creación del secreto a voces de un acto de corrupción conocido pero inexistente hasta su publicación, para luego ser fríamente olvidado.

No pasaría mucho tiempo allí hasta que sus mundos se hicieron cortos frente a su capacidad creadora para universos de caos que rondaban (o podrían rondar) las noticias. Fue entonces cuando una madrugada en que todos lo demás redactores se había ocupado ya de sus notas, se dio la información de un cadáver descubierto a la orilla de un río en las afueras de San José. Ese día recibió su oportunidad de crear un suceso mayor a la suma de todas las broncas de cantinas juntas. Lo mandaron con la orden explícita de traer una “buena noticia” lo enviaron de inmediato con el fotógrafo más cotizado del diario, a que trajera los detalles lo más pronto posible para poder incluir la información en la edición que saldría la mañana siguiente.

Entre el ajetreo del personal forense, lo agentes investigación judicial y fuerza pública logró identificar a la persona que encontró el cuerpo, se trataba de una drogadicto no mayor a los veinte años que se había escondido en un matorral a “hacerse una piedra” y que una vez finalizada salió al cauce del río cuyo hedor era perceptible aún en la carretera a unos quinientos metros de distancia del margen.

Logró interrogar rápidamente al muchacho quién le explicó lo sucedido, mientras el fotógrafo pudo a duras penas capturar el cadáver con su lente justo antes que los médicos forenses los pusieran en una bolsa plástica, para ser trasladado hasta la morgue. De lo ocurrido no hubo mayor información, el único testigo del descubrimiento no sabía quién era la víctima puesto que alego no ser de la zona, los oficiales le indicaron las señas básicas del cuerpo: uno ochenta, masculino, con tres impactos de bala en el tórax, y otro en una pierna, podría llevar unas seis horas muertos. Luego le explicó que se conjeturaba, el susodicho había sido asesinado en el lugar, el sospechoso había salido por el matorral y habría podido escapar por la carreta en cualquier dirección. Tomó nota, apuntó todo y luego como acto de desesperación y en caso de que consiguiera más información le dio su tarjeta al agente judicial quién desconcertado por el gesto, la guardó en el bolsillo. Se despidió del agente y llamó al fotógrafo quién fumaba cerca de le escena de crimen, para decirle que se regresaran a la oficina, en aquel lugar ya no había nada por hacer.

Una vez en la sala de redacción y después de haber pasado un incómodo almuerzo durante el cual no pudo comer por el asco recurrente que le causaba la imagen del hombre muerto, terminó de redactar la noticia y la envío al editor quién la aprobó sin mayor algarabía y en el fondo algo decepcionado por no tener más que la historia de un cuerpo encontrado y no el asesinato brutal y feroz con que esperaba rellenar más páginas del tabloide.

Ya para la tarde, la imagen del cuerpo se empezaba a atenuar y dado lo que había para el resto de la tarde daba apenas para el ocio, decidió a manera de ejercicio re-crear la nota, no como parte de su trabajo, mas como un pasatiempo práctico para ejercer su pasión creadora. Procedió entonces a nombrar en primer lugar a la víctima: “José Ramos Sánchez”, nombre genérico y común para salir del paso, en segundo lugar le creó una identidad. “Escritor” pensó sonriendo, “vecino de Tibás…”. Así fue construyendo la historia del asesinato, movido un poco por el propio morbo y contrastándola con una parodia de sí mismo para atenuar lo macabro del ejercicio. Continuó escribiendo “el escritor manejaba su automóvil de regreso a casa, cuando fue interceptado por otro sujeto, el cual se desconoce la identidad. Se presume que trate de una venganza. Fuentes cercanas nos informaron que el autor había recibido amenaza telefónicas de una persona quién acusaba de haber plagiado una obra a la que Ramos había tenido acceso algunos años atrás y que el mismo autor usó como referencia para su última publicación…” había creado entonces un móvil, tan irreverente que se leía digno de película barata, pero tan válido para su juego como lo hubiera sido el móvil real.

“El asesino, lo llevo a la orilla del río y le propinó cuatro disparos con un arma de 9 milímetros…” se dejó llevar por su propia inventiva, una suerte de reto auto impuesto para hacer su mejor nota de un crimen que sin existir estaba creando. “El arma fue encontrada cerca de la escena del crimen, los agentes judiciales indican que la misma puede aportar pruebas de la identidad del asesino.” Pensó en desenvolver la historia, y desenterrar los secretos del culpable, pero se percató de la hora y acto mecánico se sintió casando, como si hubiera pasado varios días despierto, culpó a la indisposición de ver aquel muerto como la causa de la fatiga y decidió regresar a su casa, no sin antes concluir con la nota del escritor: “… padre de familia que deja tres hijos huérfanos…”.
Ya en la noche lo que había parecido un simpático juego, burla a sí mismo y a labor del medio en que trabajaba, se volvió una inquietud, no había imaginado que el asesinato del hombre cuyo cuerpo pálido había visto en la mañana lo hubiera afectado tanto, sentía una lástima infinita de aquel pobre pero sobre todo sentía una curiosidad tremenda de saber quién era ese hombre y por qué había terminado así, recurrió a la intención de olvidar todo lo que había pasado, para intentar dormir, pero no lo logró había transcurrido toda la noche entre un vigilia involuntaria, y algunas imágenes que sin ser un sueño evocaban al cuerpo, a José Ramos y a un arma tirada en un matorral.

Al escuchar el despertador se sintió tan casado como cuando había llegado a su casa, se levantó sin mayor esfuerzo, casi a manera automática, y se puso a hacer el café, para tomarse una taza luego de salir de la ducha. En ese preciso instante escuchó el golpe en la puerta, intrigado por la hora abrió la puerta y de inmediato recordó el rostro de aquel hombre sombrío frente a otros cuatro hombre igualmente sombríos, se trataba del agente judicial, haciendo un gesto de desconcierto pensó que habían obtenido algo sobre el asesinato del día anterior, el pensamiento chocó de pronto con la frase que escuchaba sin poder entender: -Está detenido por el asesinato de José Ramos Sánchez, ponga las manos sobre la cabeza y salga-.

Habían trascurrido cuatro meses desde entonces, el día del litigio el periódico publicó en primera plana, con letras rojas: -Periodista asesino a Juicio- y justo debajo la fotografía que lo mostraba el día del descubrimiento del cuerpo hablando con el drogadicto, y al fondo el cuerpo tapado con un plástico blanco.

El juicio transcurrió lento, desfilaron el arma “9 milímetros” registrada a su nombre y con sus huellas digitales, la lista de llamadas amenazantes realizadas desde el teléfono de su casa, el testimonio de la esposa de la víctima quién decía conocerlo por haber sido compañero de su difunto esposo en la universidad.
Cuando fue llamado a declarar, hizo el juramento luego un silencio que duró varios minutos, en los que las lágrimas se apoderaron de sus ojos, cuando el bullicio en la sala empezó a proliferar dijo: - No es que estas cosas no pasen –y enfatizó: - pasan, pero no existen en verdad, hasta que alguien las informa… -

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